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USUREROS

En los siglos XVI y XVII, dentro de la tradición aristotélica y tomista, se consideraba inmoral e ilícita la percepción de intereses derivados de los préstamos de dinero. No faltaron, sin embargo, casos de evidente comprensión o de abierta aceptación de esta práctica, ineludible dentro de la propia evolución de los hechos económicos. Es el caso, entre otros posibles, de Domingo de Soto, perteneciente a la Escuela de Salamanca. La persecución de las prácticas usurarias por las jurisdicciones real y eclesiástica fue, en cualquier caso, tan real como estéril. Los préstamos se realizaban entre particulares sin mayores inconvenientes. Estas transacciones se realizaban ante los escribanos públicos como supuestos actos de buena fe, de ayuda desinteresada, más que como negocios. La ausencia de un sistema financiero, el elevado riesgo de no recuperar lo prestado y los pocos escrúpulos de los prestamistas originaban tipos de interés muy altos. Los deudores eran, normalmente, personas de modesta condición pues las de un nivel social medio o elevado podían obtener cierta liquidez mediante la imposición de censos sobre sus propiedades. Frente a lo que muchas veces se cree, los niveles de endeudamiento eran muy considerables en la España del siglo XVII. Respecto a su persecución por la Justicia Real, referiré dos ejemplos obtenidos de protocolos notariales. En 1614, en Huelma, reino de Jaén, el alguacil Juan de Bonilla procedía contra Bartolomé de Torres, acusado de "cierto logro" contra Alonso López de Linares. Se trataría probablemente de un préstamo de escasa cuantía. Otro caso, de años posteriores, en el mismo pueblo, se relaciona con la venta de cereal. En 1686 un tal Antonio de Soto estaba encarcelado por logrero y prestar trigo "a granjería", al margen de los pósitos y de las tasas. La rigidez del mercado y las citadas tasas limitaban el precio del grano a niveles ruinosos para los labradores. Además era evidente que, en tiempos de carestía y hambrunas, muchos ocultaban el trigo para venderlo a precios más altos.

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No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

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