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POR UNA JÍCARA DE CHOCOLATE




"Predicó en San Gil al Consejo Real un fraile descalzo y dijo que había llegado a sus pies un penitente que mezclaba el chocolate con tierra de difuntos, que lo engrasaba mucho y hacía muy bueno, y que con esto lo vendía a muy subido precio". Pasó este suceso, contado por Barrionuevo, en el Madrid de 1657.

Arcadas aparte, este producto fue adulterado con las más diversas sustancias y se le añadían propinas como pan rallado, harina de maíz y corteza seca de naranja, práctica que era perseguida por la Justicia del Rey y los veedores municipales con desigual fortuna. Se agasajaba a los más altos personajes con chocolate, en especial con las cajas de Guajaca, procedentes de Guatemala, que también eran objeto de falsificaciones para perjuicio de cándidos. El duque de Alburquerque, virrey de Nueva España entre 1653 y 1660, regaló a distintos consejeros y señores 16.000 libras de chocolate a razón de dos reales de a ocho por libra. No se contaban en esta partida las 8.000 libras enviadas al Rey, la Reina, a una infanta y al valido don Luis de Haro. Nada más que el porte de este detalle ascendía a 8.000 ducados, sin contar derechos de aduana. Con mucho menos se fundaban mayorazgos muy lucidos en España. Conveniente es, para valorar en su justa medida el rumbo del Duque ,tener en cuenta que una libra equivalía a unos 460 gramos.

La afición por el chocolate era, por tanto, general. Incluso en las dotes modestas aparecen chocolateras, jícaras y mancerinas. El brebaje se ha asociado con frecuencia al clero. Leandro Fernández de Moratín, en una carta a Jovellanos en 1787, comentaba las dificultades del conde de Aranda: "no me extrañaría que en odio del mismo volviesen los Padres Jesuitas con sus orillos, su probabilismo y su buen chocolate". No era del todo justo Moratín pues no faltaban precedentes de regalistas, mal considerados por muchos clérigos, partidarios de tal colación. Recuerdo ahora a Melchor de Macanaz que todas las noches, hacia las nueve, y después de horas de escribir informes y memoriales, cenaba una jícara de chocolate, no muy espeso para prevenir indigestiones y con gran abundancia de pan. Al día siguiente, a las tres de la madrugada, comenzaba para él la jornada. Quedaba mucho día por delante.




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