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MORATÍN Y LA HIDALGUÍA


El número de hidalgos disminuyó en España durante el siglo XVIII no tanto por la extinción de los linajes como por el desinterés de no pocos por mantener su rango. También debió de ser notoria la escasa predisposición de muchos a iniciar costosos pleitos cuando se les negaba o ponía en entredicho su condición nobiliaria. Las razones prácticas para sostener un estatus noble desaparecían con la abolición de los servicios ordinario y extraordinario en 1797, sólo pagados por los pecheros, y la caída en desuso de la tortura judicial reservada a los miembros del estado general, abolida en la práctica antes de su supresión definitiva por iniciativa de los liberales. La idea de la utilidad pública, la creciente consideración de la acción del ciudadano honrado y las virtudes derivadas de la reputación individual, del ahorro y de la laboriosidad sustituyeron a los criterios que determinaban el rango de la persona según la condición noble o llana de sus ancestros. Poco que ver con las actitudes y las mentalidades vigentes en el siglo XVII.

Leandro Fernández de Moratín en su correspondencia aporta un ejemplo al respecto. En mayo de 1816 escribió a doña María Fernández de Moratín: "en el último rebusco de papeles que he hecho, ha salido esa copia de la información de hidalguía de nuestra familia Moratinesca; y más he querido que la tengas tú, que rasgarla con los demás papeles inútiles". A esto añade, no sin ironía: "Por ella verás la alta y generosa estirpe de que desciendes; y remitiéndote a los documentos legalizados [...] podrás asegurar que eres hija de algo: cualidad apreciabilísima, que juntándola con mucho dinero, buena salud, pocos cuidados, larga y alegre vida, puede servirte muy de provecho".  En conclusión, consideraba que la hidalguía, sin más, poco significaba si no iba acompañada por la fortuna y otros atributos. Además le recomendaba leer a solas "el papelón", aprender los apellidos de abuelos y abuelas "para lucirlo cuando llegue el caso, y apestar con tu genealogía y tus entronques a cuantos tengan paciencia de oirlo". No deja de ser, sin embargo, llamativo el hecho de que no destruyese "el papelón" y dudo que no tuviese en alta consideración sus orígenes hidalgos. A nadie le desagradaba ser considerado de familia linajuda y, hasta después de las grandes convulsiones del siglo XX, la aristocracia tendrá una función de primer orden en Europa. Moratín era, sin embargo, consciente de que todo había cambiado pues había visto y vivido mucho.

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