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SUPERSTICIONES REALES


Fernando León y Castillo, marques del Muni, fue embajador de España en París durante la los tiempos de Cánovas y Sagasta. Durante su estancia tuvo ocasión de visitar y tratar a Isabel II en el Palacio de Castilla. Mantuvo largas y gratas conversaciones con la Reina que daba rememoraba, con cierta gracia y un punto de crueldad, cosas pasadas. El Embajador recogió en sus recuerdos algunos rasgos  del carácter supersticioso de Doña Isabel. Era un aspecto de su personalidad que mantuvo con insistencia a pesar de los desvelos, completamente estériles, del Padre Claret. Son unos datos más para la historia de aquella Corte de los Milagros.  Para Isabel II, el proyecto matrimonial con Montemolín no fracasó por razones políticas o dinásticas sino por motivaciones mucho más sencillas. Decía con áspero casticismo: “cuando algunos defensores de la boda con Montemolín me presentaron su retrato, noté enseguida que era tuerto, o que si no lo parecía. Aquello bastó para que toda duda desapareciera de mi espíritu y fuera rotunda mi negativa”. También tenía especial prevención hacia su yerno, Don Cayetano de Borbón- Dos Sicilias, conde de Girgento, casado con la Infanta Doña Isabel. Fue un matrimonio concertado por la insistencia de Don Francisco de Asís. A ella, a la Reina, no le daba buena espina el novio. Para confirmar su desconfianza, confesó al Embajador que cuando, en los sucesos de 1868, supo de la presencia de su hijo político en las filas de los últimos leales, de las fuerzas mandadas por Novaliches, “tuvo el presentimiento de que su causa estaba irremisiblemente perdida”. Poco después se produjo la batalla de Alcolea que determinó su derrocamiento. No acabó todo aquí. Cuando murió el Conde, le enviaron por expreso deseo de éste, su espada a la Reina. Era un gesto caballeroso, o sabe Dios, si una venganza. El caso es que estaba Isabel II, en una de sus visitas a España, en al Alcázar de Sevilla, y al recibir el legado, cayó gravemente enferma y estuvo a las puertas de la muerte. Espantada mandó que enviasen la espada a la Armería Real, bien lejos, donde se declaró un tremendo incendio al poco tiempo de ser allí depositada. Todo esto confirmaba, según su real entendimiento, la naturaleza de lo afirmado.
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Fotografía: Biblioteca Nacional de España CC.

Comentarios

  1. ¡Significativo artículo en cierta manera con un toque de humor!. La superstición siempre ha estado presente, pero hay que cambiarla por la Fe. Saludos Cordiales.

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    1. En esto coincide usted con el confesor real, el Padre Claret.

      Muchas gracias, lector Anónimo.

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  2. Pues no sé si parecería tuerto o qué, pero prescindiendo del aspecto político y dinástico, hay que reconocer que la alternativa no fue mucho mejor. Quizás sí, le mirara con mal ojo.
    Saludos.

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    1. Es posible que Montemolín fuese, en efecto, mejor partido.
      Muchas gracias señor DLT.

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  3. Isabel II presumía de su casticismo y no es de extrañar que fuera supersticiosa.
    Un saludo

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    1. Es cierto que ese rasgo cuadra mucho con su carácter.

      Muchas gracias, doña Carme.

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