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RAYOS DE METAL Y TREMENDISMO BARROCO

Sor Martina de los Ángeles y Arilla, fue una monja aragonesa, que vivió entre  1573 y 1638. Antes de tomar estado como religiosa "buscaba cuerdas para disciplinarse". Pasado el tiempo, esto le parecía poco y "algo mas crecida usó de cadenas que llevaba ceñidas a la carne; de rallos de metal, ajustados al pecho, con que se atormentaba, y afligia sin piedad". Después, ya en la vida conventual, se hizo de otros artilugios espantosos y se aplicaba unas mortificaciones que "se erizaban solo de oirlas las religiosas". Sus hermanas de orden y claustro, imagino, estarían acostumbradas a asperezas de toda naturaleza, pero lo de sor Martina debía de sobrepasar lo conocido por ellas. Así lo recogió fray Andrés de Maya, en la hagiografía que escribió sobre la monja y que se publicó en Madrid, imprenta de Juan de Villanueva, en 1712. No caigamos, sin embargo, en intepretaciones grotescas, propias de folletín anticlerical, subido de tono y de mal gusto. La mentalidad de sor Martina parece precursora de las extravagancias devocionales y excesos barrocos que tanto proliferaron en el siglo XVII y en buena parte del XVIII.

Comentarios

  1. La limosna por caridad es un buen remedio. Saludos Cordiales.

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    1. Desde luego, y llevar con entereza y resignación lo que esté de Dios, sin necesidad de rayos que pinchan ni demás mortificaciones del cuerpo.

      Saludos y mil gracias.

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  2. Porque una cosa es devoción y sacrificio y otra masoquismo. Maltratar el cuerpo que Dios o la naturaleza te dio debe ser para muchos creyentes sensatos una forma de pecado.
    Saludos.

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    1. Es lo que ahora sostendría la Iglesia. A pesar de todo, las discilplinas no son privativas de la tradición católica.

      Muchas gracias, don Cayetano.

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  3. Pues, la verdad, no sé qué decir. En punto a mortificación (y no sólo en sentido figurado), diría uno que nada vence a la Iglesia postcociliar, por su obcecación en extinguir cualquier brillo que resida en la liturgia, por acerar, cual hace hoy, los asuntos del Cielo a las formas más tiránicas de la economía que ha inventado el hombre en sus interminables ocios seculares; por su empeño en convertir el Vaticano de casa de Dios en sede de ONG (o en OG si vive de subvención), y por tantas cosas más que no es sitio aquí de enumerar.

    Así que, ya que las vías místicas de la belleza las censura la Iglesia en favor del más crudo secularismo, lo mismo animaba un poco el cotarro religioso que en alguna ruina castellana se instalase un monacato troglodita que tuviese como norma la mortificación de la carne. Imagino, ya puestos, que en lugar de ver a los monaguillos repartiendo bocatas a los necesitados vestidos con chaleco reflectante, lo hicieran en sayón raído y con las manos cubiertas de llagas; que en lugar de las últimas playeras de moda, en los pies llevasen grillos; que en vez de gorra americana con visera hacia atrás luciesen corona de espinas, y que el único tatuaje que adornase sus tiernas pieles juveniles fuese el rostro sangrante de una Verónica esculpido con espinas de zarzas.

    Sí, conforme escribo esta nota me voy convenciendo de que en la variedad está el gusto, y de que la insobornable civilidad de nuestra Iglesia bien merece una seca contestación. Si la mortificación agradó a Dios Padre durante siglos, no veo que por qué no habría de hacerlo ahora. Casi diría que cualquier cosa, lo que sea, con tal de que pronto no sea el monaguillo, sino el propio cura, quien vista el chaleco reflectante en el altar.

    Y no me tomen nunca en serio. O sí.
    Con afecto,
    José Antonio Martínez Climent

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    1. La desaparición de la liturgia y del ritual ha sido y es funesto. Antes fue la guitarra y el micrófono, ahora ese invento de los Abismos consistente en pasar diapositivas en una pantalla durante misas, comuniones y bautizos. También el uso de cd´s para reproducir los tañidos de las campanas. Estoy de acuerdo con usted en buena parte de su argumentación. Hace unos años asistí a una misa en una ciudad de Alemania; por su disposición y forma, la iglesia parecía una sala de conciertos de una capital de provincias o una especie de paraninfo de novela de ciencia ficción. No había imagen ni símbolo cristiano medianamente reconocible. Esto no puede mover a la fe ni a la oración. Menos todavía a una conversión.

      Otra cuestión es la de las mortificaciones expuestas en el caso de la monja de mi entrada. Ya en el siglo XVI y XVII, y desde las instancias de los provisores episcopales e incluso desde el Santo Oficio, se advertía del peligro de incurrir en excesos y excentricidadaes en materia de penitencias. Nuestra reserva al respecto no es, por tanto, nueva. No quiero yo entrar en profundidades teológicas ni en interpretaciones bíblicas pero no hay recuerdo que en el Nuevo Testamento, que yo sepa, haya rastro alguno de estas prácticas, ni me consta que los apóstoles se flagelasen o se diesen golpes en el pecho con piedras, hábitos que, creo yo, aparecen con posterioridad y sabe Dios de dónde vendrían. Abre usted, don José Antonio, una fructífera posibilidad de cambio de impresiones.
      Muchas gracias y saludos.

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  4. Leo estos días, casualmente, un libro sobre San Luis Beltrán, dominico, y que, además de gran predicador y hacedor de muchos milagros en España y América, fue pertinaz flagelante, al punto de ver comprometida su vida y necesitar cura sus heridas en cierta ocasión. Parece cierto que no fueran bien vistas por el Santo Oficio las disciplinas, pero más que las autoinfligidas, las causadas a otros u otras (no crea que me dejo llevar por la moda, al usar ambos géneros, sino por lo pertinente de la explicación, quede claro) penitentes por los confesores, por verlas como potencialmente pecaminosas.
    Saludos.

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    1. Era una forma de piedad, de mortificación. Los excesos nunca fueron autorizados por la Iglesia, aunque prácticas que hace siglos se consideraban moderadas a nosotros nos parecen desmesuradas.
      Muchas gracias, señor DLT.

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  5. Monjas de este estilo también existían en el convento de la Piedad de Béjar, de fundación ducal. El misticismo estaba a la orden del día y disciplinarse era tan corriente como hoy día ir a ver un partido de fútbol. Dentro de unos siglos nos criticarán por ello.
    Un saludo

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    1. Si se mira bien, el deporte tiene su parte ascética. Quizás darse unos zurriagazos sea menos doloroso y engorroso que correr decenas de kilómetros, cosa que no se le habría ocurrido a nadie en el siglo XVII.

      Muchas gracias, doña Carmen.

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  6. ¿Por qué no pensar que la religiosa en todo su derecho, aún sin saberlo era una amante de las prácticas masoquistas y encontraba placer en ellas, como sigue sucediendo en la actualidad con los habituales seglares de esta disciplina?
    Y si dedicar su dolor a un Ser Superior la hacía feliz, pues mejor que mejor.
    En cuanto a que la liturgia mientras más barroca, mejor, no tengo dudas. Entre un desgalichado cantor de Cumbayá en sandalias y camiseta, y tres celebrantes con alba , estola, casulla, bonete y capa pluvial, cantando gregoriano, no hay color.
    Un saludo.

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    1. La pérdida de la liturgia, o su reducción sólo a solemnidades y ocasiones muy particulares, ha sido un grave error. Si se produce un retorno a lo religioso será mediante la recuperación del rito en su sentido más profundo.

      Perdone la tardanza en mi respuesta, doña Ana María.

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  7. La Iglesia secularizada de hoy, como si hubiera leído a Nietzsche, practica una vigorosa inversión de valores, sustanciada en el punto que nos ocupa en que ha rebajado la mortificación de medio ascensionista del alma y negación del mundo inmediato a la mera lucha diaria contra las contrariedades administrativas o contra los excesos de la avaricia, siempre, eso sí, que ésta la practique la persona liberal, viéndola en cambio con notable indulgencia si el avaricioso es, por así decirlo, un mandamás comunista en una isla caribeña, o un peronista experimentado en el arte de amasar fortuna con cargo a impuestos.

    Pese al descrédito en el que hoy ha caído la mortificación, con la Iglesia inclinada en buscarle al hombre un buen pasar, se pueden añadir algunos casos a los arriba citados . Así Teresa de Calcuta, ídolo y bandera de la Cáritas secularizada, que se aplicaba el cilicio para combatir los asedios del siglo (pereza, envidia, olvido de que le verdadero reino no es de este mundo, etc.) y hacía causa de ello entre sus hermanas (1), al parecer menos dadas a la punición de la carne. La mismísima Teresa de Jesús fue diestra en el rudo arte de la mortificación, y no es que le fuera mal a la hora de alcanzar tanta fama secular como merecida santidad. También Teresa de Lisieux, que le tenía excesivo apego al cilicio, para consternación de su convento:

    “Debemos sin embargo reconocer que el estado enfermizo de nuestra hermana fue el resultado de las austeridades excesivas a las que se había entregado sin medida. Las veladas prolongadas, las postraciones nocturnas, las noches acostada en el suelo de la celda, los cilicios, los cinturones de hierro, etc.: no le faltó de nada”… “Estaba tan sumamente delgada que parecía un esqueleto; a pesar de ello, siguió ayunando con pan y agua durante la Cuaresma y el Adviento. Para obtener la conversión de un miembro de su familia, se privó completamente de fruta durante un año entero. Para convertir a un pobre pecador que le habían encomendado, tomó la resolución de no comer mantequilla, a pesar de lo que le gustaba, durante todo el resto de su vida. Tres veces al día tomaba largas disciplinas y no dejaba de hacer su Vía crucis, recitando su rosario con los brazos en cruz. Y así pasaban sus días en la paz de la inmolación…” (2)

    No menos notable fue sor Juana de los Ángeles, que castigaba las asechanzas de cierto monje de eróticas hechuras, cuya sola vista enervaba el sentimiento carnal, dándose ciliciazos a diestro y siniestro (3). Aunque quizá el santo más mortificante para nuestro Papa (no; no me refiero a Ratzinger), sea Francisco de Sales, cuyo ejemplo franciscano no cunde hoy en la Santa Sede:

    "A la derecha, contempla a Cristo crucificado, que, con un amor cordial, ruega por estos pobres endiablados, para que salgan de esta tiranía, y que los llama a Sí, rodeado de un gran ejército de devotos, juntamente con sus ángeles. Contempla la belleza de este reino de devoción. ¡Qué hermoso es ver este cortejo de vírgenes, de hombres y mujeres más blancos que los lirios; esta asamblea de viudas aureoladas de una santa mortificación y humildad!" (4)

    No sé hasta dónde nos llevaría un listado completo de mortificantes famosos. Que algo de beneficio había en aplicarse el cilicio es cosa que no ofrece duda, habida cuenta la obra dejada por estos devotos citados. Como la mística está hoy peor vista que la riqueza ilícita, animo a los jóvenes catecúmenos a comprarse un buen cilicio por internet, que seguro que lo habrá, y a aplicárselo con ciencia y con fe, por ver si de entre llagas y puses sale aquello que la Iglesia de hoy prohíbe.


    1.- Allen, John L. "Opus Dei: los mitos y la realidad". Traducción de Regina Lyra. Rio de Janeiro: Elsevier, 2006,
    2.- Cta 243. A sor María del Sagrado Corazón J.M.J.T. Jesús + 17 de septiembre de 1896
    3. Juana de los Ángeles. Autobiografía. Asociación española de neuropsiquiatría. 2001
    4.- Introducción a la vida devota. Capítulo XVIII Meditación décima: a manera de elección que el alma hace de la vida devota.

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    1. Su documentado y brillante comentario desborda la modestia de mi entrada, estimado don José Antonio. Las penitencias corporales han existido desde muy antiguo y en muchas religiones. El exceso es, sin embargo, cosa distinta. En el caso de la monja que nos ocupa tal exceso es manifiesto, no por nuestras consideraciones desde el siglo XXI , sino por las manifestadas por sus propias hermanas de claustro.
      Mil gracias por su escrito y ruego tenga a bien perdonar mi tardanza en la respuesta.

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  8. Le echamos de menos Estimado Señor Aponte. Saludos Cordiales.

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    1. Ruego perdone mi relativo abandono de este cuaderno. Bien sabe Dios que no ha sido enteramente por mu culpa. Pronto volveré a publicar.
      Mil gracias por sus palabras, Anónimo.

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  9. Hacía mucho tiempo que no me pasaba por este estupendo blog y llego hoy a esta descripción de algo que me parece bien caducado. Excelente artículo, Sr. Aponte. Y maravillosos comentarios todos. En los detalles, podemos no coincidir, en el fondo sí.

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    1. Me alegra mucho volver a saludarla. Los comentarios son, en efecto, espléndidos. Muchas gracias por su escrito.

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