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MÁS SOBRE SALUDADORES


Decían ser capaces de curar determinadas dolencias mediante oraciones, ensalmos, soplos y similares artes. Contaron con el suficiente crédito en siglos pasados, hasta recibir licencias de los cabildos municipales para ejercer dicha gracia. Y digo gracia porque no se estudiaba para saludador sino que se era tal por ciertas circunstancias unidas al nacimiento. Si el lector tiene curiosidad por conocerlas puede leer mis apuntes, de hace media docena de años, en Retablo de la Vida Antigua. Después, con el paso del tiempo y los avances de la ciencia, el prestigio de los saludadores se empañó y sólo recurrían a ellos en comarcas aisladas y en ambientes populares muy apegados a lo antiguo o que, sencillamente, no tenían posibilidad de recibir atención médica. Había saludadores que eran requeridos por los ganaderos para sanar o garantizar la salud de las reses, a los que se refiere don Ángel Ruiz en su prestigioso cuaderno En Compostela. En 1806, Jovellanos, en su destierro de Bellver, tuvo noticia de una saludadora que “tenía la virtud de curar las nubes de los ojos sin más que soplarlas en días de comunión, con tal que el enfermo se hubiese puesto también en gracia.” Jovellanos padecía cataratas y creo yo que de aquí vendría su interés por el caso, aunque sospecho que mantendría un benévolo escepticismo al respecto. Comparaba esta facultad con la de los reyes de Francia cuando, en el ejercicio de sus dones taumatúrgicos, pronunciaban la fórmula “Yo te toco, Dios de cure”, que decían de probada eficacia contra los lamparones. Otro saludador, aunque de familia más modesta que la de los Capetos, fue Gaspar de Blanca al que los caballeros veinticuatro de Jaén le dieron permiso, en 1631, para ejercer ya “que dice tener gracia de curar lamparones”.

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