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CORTIJOS



Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



Cuando el Imperio Romano de Occidente se hundió, en el siglo V, sólo permaneció, en palabras de FW Walbank en su obra La pavorosa revolución, lo que estaba arraigado en la tierra: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades y los edificios. Yo añadiría que también los cortijos. Fueron los parientes pobres de los monasterios y de los castillos, la casa fuerte de las campiñas andaluzas tras cuyos muros se vivió el paso del mundo antiguo al medievo. Aunque las formas de propiedad de la tierra y su régimen jurídico hayan variado, se han mantenido a lo largo de los siglos.



 Pertenecieron a los optimates romanos, a linajes árabes de largas genealogías, a nobles y repobladores cristianos, a mayorazgos, a cabildos y abadengos, y a burgueses emprendedores, ya fuesen de rumbo o codiciosos, triunfantes a la sombra de las desamortizaciones. No deja de dar pena el estado ruinoso de muchos cortijos y, más aún, ver sus muros mancillados por pintarrajos de desaprensivos. Todo esto es consecuencia de un mundo sin afecto a lo antiguo, sin respeto al pasado.




Cortijo viene de corte, según Caro Baroja, del acusativo curticulum y lo asocia al término court de franceses ( e ingleses, añado yo). El cortijo es descrito, por tan eminente estudioso, en Los pueblos de España, como un conjunto de construcciones en torno a un gran patio o corralón. El patio da acceso a la viviendas del propietario, capataz, guardas o caseros y a partir de éste se distribuyen el resto de los anejos y dependencias.
 Para Higueras Arnal, en su olvidado y valioso libro El Alto Guadalquivir (1961) los cortijos de dicha comarca se dividen en varios tipos: simple, de dos cuerpos,  múltiple -compuesto por dos o tres cortijos simples- y el llamado cortijo señorial, de aire palaciego, obra en ocasiones de los siglos XVII y XVIII, aunque sus solares y cimientos pudiese ser de venerable antigüedad. En éstos cortijos, la casa del terrateniente está rigurosamente separada o diferenciada del resto de las viviendas o dependencias. En los de dos cuerpos, los graneros servían como dormitorio para los jornaleros en épocas de recolección. Las cuadras se dividían en dos tipos, las de invierno, orientadas al sur, y las de verano con una orientación norte.

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* Los bosquejos de los planos son del que esto escribe y se basan en la obra citada de Higueras Arnal.

Comentarios

  1. Es triste el destino, no sólo de algunos cortijos, también de otros típicos edificios rurales. Salvando las diferencias, y apenas valor artístico, pero sí interés antropológico, la barraca valenciana es prácticamente cosa del pasado. Si acaso queda alguna es de puro milagro o reconstrucción de las antiguas. Había a finales del XIX, incluso barrios en Valencia, en la zona próxima al mar, con calles con hileras de ellas.
    Saludos.

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    1. Padecemos el mismo flagelo, señor de la Terraza. Queda uno bien triste cuando una casa vieja se pierde.
      Me alegra mucho poder volver a saludarlo.

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    2. Estimado Sr. de la Terraza:

      A mediados de la década de los años 80 aún recuerdo ver, paseando por la parte marítima de Valencia, la ruina de algunos huertos sitos en el Cabañal, y escombreras en las que no era difícil encontrar azulejos de barraca, ya viejos y desleídos. Todavía con más claridad veo en la memoria una barraca, no sé arquitectónicamente pura, en la huerta que había entre el Colegio Mayor Ausías March y la Universidad Politécnica. Tenía un pequeño friso junto a la puerta de entrada a la vivienda, y en los azulejos superiores, el llamativo dibujo de un mochuelo. No recuerdo desde donde bajaba, pero era desde muy al Norte, seguramente pasado Alboraya, el caso es que bordeando el edificio pasaba la Senda de la Carrasca, que así se llamaba por una carrasca que crecía en el mismo aparcamiento del Colegio Mayor, casi justo bajo el puente de la Avenida de Cataluña, lugar donde yo aparcaba mi 127.

      A la huerta se la comieron el Politécnico y las viviendas para estudiantes, pero aún me queda el intenso, permanente olor a cebolleta, y el hedor a aguas podridas de sus pequeñas acequias. Y la vista de mis amigos viniendo "del poli" haciendo equilibrios para no caer en ellas.

      Saludos cordiales,
      José A.

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  2. Entiendo entonces que los cortijos provienen de las villas romanas que salpicaban toda la península desde mis tierras de Castilla hasta las tuyas de Andalucía, con un propósito claro de explotación de los bienes agrícolas (trigo, vid, olivo...). Ruinas hermosísimas de tales villas se conservab por tierras palentinas y vallisoletanas.
    Un saludo

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    Respuestas
    1. Estas villas romanas, en efecto, no eran privativas de Andalucía. Yo creo que no es aventurado reconocer que son los antecedentes de los cortijos de los que, modestamente, trato.

      Mis saludos, doña Carmen.

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    2. Estimada Señora Cascón:

      Qué razón tiene al hablar así de esas ruinas. Hace sólo tres años que voy conociendo, no lo suficiente, Palencia y Valladolid. Alguna ruina vi por el Cerrato que me llenó de tanta calma que acabó por cuajar en libro. Lo que me apena no es la ruina, que es cosa propia del tiempo, sino esto, que no es privativo de Castilla sino mal genérico, a mi escaso juicio: la transformación de los edificios viejos en oficinas de la Administración. En algún sitio he discutido, sin ánimo de aleccionar, la congoja que me produce ver cómo progresa esa moda del progreso de apropiarse de todo lo antiguo para, o bien meterlo en formol académico, infantil y edificante y convertirlo en museo, o bien llenarlo todo de funcionarios, ficheros, tampones, pólizas y formularios, o de sus pálidos análogos digitales.

      Uno tiene la tonta creencia de que la muerte por desustanciación, así la causada cuando el Estado lo troca todo en oficinas o en momias, es indigna incluso para las piedras. Defender ante algún que otro ayuntamiento levantino que se tomasen medidas para facilitar por la vía fiscal (sin causar agravios a terceros) que las viejas casas de labor que aún lo permitan pudieran volver a su actividad agrícola en lugar de servir para dar curso a más furia estatalista me valió, junto a otros, dejar para siempre los estudios de evaluación de impacto ambiental, hace ya unos años.

      Mucho de eso empiezo a ver en la nueva sangre burocrática que puebla ahora Castilla, no menos en Palencia y en Valladolid. E igual veo que el agricultor de hoy tiene alma de huerto urbano. Sé bien que es tontería pretender desviar el curso de los tiempos, que lleva el sello del Estado en todo momento y lugar, pero a veces imagino que la miserable ruina pucelana que me movió a escribir ese libro se cae de puro viejo y no la visita ningún concejal.

      Le saluda cordialmente,
      José A. Martínez Climent

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