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LA ALISEDA O LA VIDA DE BALNEARIO (II)




La Aliseda, famoso balneario, dividía la temporada en dos partes. La primera comenzaba el 15 de abril y acababa el 30 de junio. La segunda, se extendía entre el 1 de septiembre y el 15 de noviembre. Durante varios años, se prolongó la temporada otoñal hasta finales de dicho mes pero la falta de huéspedes y las bajas temperaturas de la estación aconsejaron abreviarla. Prudentemente, se renunciaba además al pleno verano por los intensos calores. La estancia aconsejada a los dolientes, como ya hemos apuntado en la anterior entrega, debía contar con una duración de dos o tres semanas. Un aspecto a considerar, si queremos saber de la vida de balneario, es la naturaleza de los tratamientos. Había dos fuentes, la de La Salud dedicada sólo a suministrar agua para beber y la de San José. El agua de esta fuente, de calidad ferruginosa, se suministraba con gas, gracias a un moderno aparato Mondolot. Además, si se estimaba oportuno, se tomaba en pulverizaciones y duchas filiformes. Desconozco la supuesta eficacia de estas prácticas -ya hemos visto las prudentes consideraciones del doctor Valcárcel- y nada puedo decir si se mantienen estas duchas y maniobras acuáticas en los actuales balnearios. Enumeraré algunas de las suministradas en La Aliseda y que parecen de novela de Julio Verne, a saber: inhalación difusa, inhalación directa, inhalación directa en el pozo, pulverización caliente en copa o cedacillo, pulverización filiforme difusa, pulverización de copa caliente, pediluvios, gárgaras con agua tibia -durante cinco o diez minutos- y duchas nasales calientes. Respecto a los neurasténicos se indicaba que "hallarán todos notable alivio y pronta curación la mayor parte, con el agua de la Salud en ayunas y a media tarde, tomada en la fuente, con dos inhalaciones difusas diarias en San José y la hidroterapia en forma de aplicaciones calientes y frías con sábana y ducha". Es conveniente indicar que las duchas, nada habituales en la higiene diaria, eran objeto de aprensiones y reservas. Con relación a los asmáticos, se recomendaban "cortas y repetidas dosis de agua gaseada tibia". A los rigores de estos brebajes y remojones se unía la prohibición del tabaco, la reducción severa del consumo de vino y la dieta "limitando la cena a una taza de café con leche y tostada, chocolate o sopa y un huevo pasado por agua, retirándose [el paciente] antes de ponerse el sol para no salir hasta las ocho o las nueve de la mañana". Consideramos que este panorama -irse a dormir a las nueve de la noche con un huevo pasado por agua entre pecho y espalda y así durante doce horas- debía de ser desolador para asmáticos sociables, conversadores, noctámbulos, de hábitos chispeantes y amablemente desenfadados. Se aconsejaba, de manera general, hacer ejercicio, unos hábitos ordenados, comidas saludables y aprovechar el buen clima. Las salidas al campo eran, decía el doctor Valcárcel, muy convenientes pero "a ningún enfermo le convienen los paseos fatigosos, ni las giras de campo imprudentes, siendo preferibles los ejercicios moderados y pasar las horas enteras sentado al aire, en medio de un bosque o en alturas solazándose a la sombra".


Pero sigamos con las fuentes. En un prospecto de 1897 se describen sus instalaciones y el entorno de éstas. No pueden ser más fin de siglo. La Fuente de la Salud estaba albergada en un kiosco, de aspecto modesto, entre una gran huerta y un castañar. Se accedía a tal punto por una avenida de rosales. El agüista se protegía del sol gracias a las ramas de los árboles entrelazadas que formaban una bóveda natural. La Fuente de San José estaba a unos ochocientos metros de la anterior y tenía dos partes diferenciadas. En la primera, el huesped accedía a un vestíbulo con una fuente de mármol blanco con dos grifos, uno de agua natural y otro de agua gaseada sin hierro. Cerca, una sala con ocho aparatos de pulverización y ducha filiforme. Allí los huéspedes se sometían a saludables aspersiones y otros ejercicios higiénicos. Además había un gabinete de inhalación difusa en cuyo centro se encontraba un pozo rodeado por una barandilla. Otro gabinete se dedicaba a la inhalación directa.  Contaba con una mesa redonda de mármol, dividida en diez compartimentos divididos por tabiques y equipados, cada uno, con un inhalador niquelado con su boquilla de cristal. En el centro de la mesa había un espléndido y fúnebre jarrón de bronce con flores. Completaba las instalaciones descritas "un gabinete para fumar". Debe quedar claro, además, que en dichas estancias y pasillos "hay escupideras, que se limpian con frecuencia, para evitar que los enfermos tengan que escupir en el suelo". El paciente, una vez duchado, debidamente espurreado y harto de aguas, gaseadas o no, baqueteado, tras un buen cigarro, podía volver a la fonda, con cierto alivio, por un parque y un camino flanqueado por acacias y castaños de Indias.

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