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EL DÍA EN QUE FRANCISCA ENTRÓ EN EL MUNDO


Cuatro años tenía Francisca, hija de Alonso Rodríguez y de María de la Cámara. Cuatro años cuando entró a servir, en 1636, en la casa de su tío Cristóbal Rodríguez de Moya. Era de Torredonjimeno y a Jaén la llevaron sus padres. Al pasar el zaguán, Francisca no sabía que allí permanecería, si Dios no disponía otra cosa, los siguientes dieciséis años. Después ya se vería. Incierta era la vida para saber lo que vendría con el tiempo. Los padres recibirían 2.000 maravedíes por año. Una paga que, sin ser mucha, era superior a la habitual, dada su relación familiar, pues "sigún la costumbre que se tiene de ganar las mozas de serbicio, no se les dé más de hasta tres ducados cada año". También recibiría vestido, manutención y todo lo necesario, correspondiente "a su hedad, estado y calidad". Nunca sabremos si se despidieron de ella con alivio o con pena. Ese día, sin saberlo, Francisca -cuatro años, pariente pobre, hija de Alonso y de María- entró en el mundo. Aquí comenzaron los quehaceres de la niña. Al principio muy pocos. Después barrería, limpiaría vidriados, bruñiría el cobre, despabilaría velones, acompañaría a misa a su tía y, con el buen tiempo, ayudaría a desesterar las estancias. Así, como sin darse cuenta, vería pasar tras los cristales los lentos días del siglo XVII.

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LA COCINA DE SANTA TERESA

No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

Aunque las Constituciones de las Carmelitas Descalzas, dispuestas por santa Teresa, imponían con claridad la prohibición de comer carne, había situaciones en las que se daba licencia para su consumo Así, en marzo de 1572, pedía a su hermana, doña Juana de Ahumada, unos pavos para las monjas de la Encarnación de Ávila. A inicios de 1573 daba las gracias por el envío de sesenta y dos aves para unas monjas enfermas del mismo convento. En octubre de 1576 escribía al P…

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Los ingleses explotaban las minas de plomo de El Centenillo, a pocos kilómetros de La Carolina, ya en Sierra Morena. Allí estaba instalados los Haselden, una familia inglesa, que corrió aventuras y trabajos en el pueblo y la comarca. Entre sus componentes podemos recordar a Arthur Haselden. Don Arturo, conocido así por el paisanaje, fue secuestrado en 1874 por unos facinerosos que obtuvieron un cuantioso rescate de 5.800 libras. En esos tiempos, Andalucía podía ser un lugar peligroso. Su hija, Mary Ethel Haselden, llamada por los del pueblo "doña Eze", según leo en Luis García Sanchez-Berbel, hacía proselitismo protestante entre los mineros, acompañada por una criada española llamada Flora y previamente catequizada. Llegó a existir en el poblado una iglesia de esta obediencia. Allí, los ingenieros ingleses y algunos mineros convertidos cantarían los domingos sus himnos como si estuviesen en Gales o en el Yorkshire. Entre los neófitos destacó un vecino llamado Raimundo Parril…

CORTIJOS

Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



Cuando el Imperio Romano de Occidente se hundió, en el siglo V, sólo permaneció, en palabras de FW Walbank en su obra La pavorosa revolución, lo que estaba arraigado en la tierra: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades y los edificios. Yo añadiría que también los cortijos. Fueron los parientes pobres de los monasterios y de los ca…