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VIAJAR EN COCHE NO ERA PARA JOVELLANOS

Jovellanos tenía a veces un carácter un tanto descontestadizo. Veamos su opinión sobre los viajes en coche de caballos. No les podía negar ciertas ventajas: "es ciertamente una cosa muy regalada", decía, pero "no muy a propósito para conocer un país". La causa: "la celeridad de las marchas ofrecen a la vista una sucesión demasiado rápida". Además, "el horizonte que se descubre es muy ceñido, muy indeterminado, variado de momento en momento y nunca bien expuesto a la observación analítica". C.S Lewis, otro gran conservador, coincidirá, en cierta medida, con las apreciaciones de Jovellanos cuando, en Surprised by Joy (1955)afirmó que uno de los efectos más deplorables de los transportes modernos es que acababan con las distancias -"uno de los dones más preciados que hemos recibido"- y que un joven de su tiempo viajaba cientos de kilómetros con una sensación de liberación menor que la que experimentaban sus abuelos en un viaje de quince. Lo de la excesiva velocidad de los carruajes del siglo XVIII no deja de parecernos ingenuo en esta acelerada época en la que se tiene por alarde, y cosa de mucho mérito, el cubrir grandes distancias en poco tiempo. En 1831, décadas después de los viajes de nuestro ilustrado, una góndola con quince plazas salía de Madrid los jueves a las dos de la madrugada y llegaba a Cádiz, si todo iba bien, el lunes a las cuatro de la tarde. Tiempo para estudiar paisaje y paisanaje no faltaba. Claro que no era posible parar por los caminos para buscar minerales, cumplimentar a mayorazgos de pueblo, departir con párrocos y escribanos leídos, copiar lápidas romanas, dictaminar sobre la crianza del ganado mular o copiar legajos muy viejos que era lo que le gustaba a los ilustrados. Otra carga, sufrida por Jovellanos, era la de la compañía no elegida: el fastidio de soportar "la conversación de cuatro personas embastanadas en un forlón, y jamás bien unidas en la idea de observar, ni en el modo ni en el objeto de la observación". Mucho debió de padecer con este inconveniente. No hay que ser irremediablemente insociable para llegar a la más desolada autocompasión ante la mala fortuna de caer bajo la jurisdicción de un compañero de viaje parlanchín, impertinente, infatigable, tenaz y carente de cualquier sentido de la discreción. Y padecer tal flagelo no durante unas horas sino durantes jornadas completas. Quien lo probó lo sabe. Dejemos a un lado el ahondar en el fastidio del gran ilustrado al que nos permitimos imaginar, no sin sincera compasión, rechazando, educado e irritado, el ofrecimiento de cigarros, fiambres, dulces de membrillo, petacas de aguardiente y otras golosinas habituales en las meriendas de camino. Otra objeción más, nuestro Jovellanos detestaba de los viajes en coche: "el ruido fastidioso de las campanillas y el continuo clamoreo de mayorales y zagales con su bandolera, su capitana y su tordilla son otras tantas distracciones que disipan el ánimo y no le permiten aplicar su atención a los objetos que se presentan". Aquí hablaba el ilustrado en su versión más elitista, alejado del casticismo que tan grato era a tantos aristócratas de su tiempo. Nunca se dijo de él que fuese un hombre aficionado a lo popular.
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(Carta primera a don Antonio Ponz, en Jovellanos, Memoria del Castillo de Bellever -Discursos-Cartas, ed. Ángel del Río, Clásicos Castellanos, Espasa, 1969)

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