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DON QUIJOTE Y SANCHO EN LA FRONTERA



Salió a los campos bien dispuesto con una armadura del siglo XV. Así lo asegura Martín de Riquer. La tenía allí, en su casa, olvidada. Era, quizás, de los tiempos de la Guerra de Granada, de los bisabuelos de Alonso Quijano. No dejaría de causar asombro: un hombre solo, arreado como el Doncel de Sigüenza y con una bacía de barbero en la cabeza. En La Mancha, donde nunca pasaba nada.

No había sido siempre así. Esos campos fueron tierra de frontera, lugar de cabalgadas y peligros. Las soledades de El Viso del Marqués, Quintanar de la Orden y Castellar de Santiago vieron correrías y episodios de crónica y romancero. Cuando Don Quijote decide salir a la aventura lo hace movido por sus lecturas de libros de caballerías pero, también, por un llamamiento atávico e irresistible que su falta de razón no pudo o no supo refrenar. Actuó con la lógica y las inclinaciones de un hidalgo, consciente, en su nobilísima locura, de su condición y sabiéndose una rama, decaída quizás, de un árbol de raíces muy viejas. Claudio Sánchez Albornoz escribió al respecto uno de los más solemnes y emotivos ensayos que yo he leído sobre Don Quijote. Defendía el gran historiador que tanto Don Quijote como Sancho eran herederos de la Castilla fronteriza y medieval, como todos los castellanos y andaluces -la Novísima Castilla- en la España de Felipe III. No estaba tan lejos ese pasado a inicios del siglo XVII.

"¡Un caballero y un labrador! [decía don Claudio] Dónde sino en España, en la España hija de la Reconquista multisecular, habría podido un gran escritor, sin escandalizar a la masa de sus lectores, sin chocar con las vivencias lógicas de los hombres de su época, presentar un caballero labrador de una generación entre renacentista y barroca, emprendiendo locas aventuras caballerescas apenas quebrados los frenos de la razón?". Y no le faltaba razón. Sólo en España se podría comprender, afirmaba, a Sancho, "un destripaterrones" seducido por "las quiméricas ofertas de ínsulas y reinos de un hidalgo loco". Estos personajes y estas conductas, en opinión de nuestro historiador, habrían sido inconcebibles, a inicios del siglo XVII, en Italia, Alemania, Inglaterra o Flandes. E igual fuera de Castilla. Cuando, en su estancia en Sierra Morena, Don Quijote y Sancho se asomaron a las campiñas del Alto Guadalquivir, otearon las lejanías con el mismo brillo en la mirada que sus antepasados de 1212.

Era Alonso Quijano descendiente de hidalgos, decíamos antes, y quizás también de caballeros villanos, ahidalgados a fuerza de mantener armas y caballo para defender la frontera. Hidalgos y caballeros villanos, unidos con el tiempo por vínculos familiares, formaron el patriciado urbano de Castilla que en nuestro gran siglo ejercieron regidurías, oficios públicos de diversa naturaleza y procuraciones de Cortes. De esa aristocracia, en muchos casos modesta, surgieron las elites que ganaron y gobernaron el Imperio. Y era Sancho, labrador manchego, hombre bueno y llano, descendiente de campesinos libres, acostumbrados a vivir en esa isla de libertades que fue Castilla cuando toda Europa estaba sujeta a servidumbres feudales. Se comportó como era de esperar, como lo habían hecho sus lejanos abuelos cuando llegaron, desde el otro lado del Tajo, a repoblar y formar los grandes concejos - la tierra era mucha y despoblada- que constituyeron la avanzada de la Castilla medieval. Extrañaría a sus coetáneos el verlos, a Don Quijote y a Sancho, en los grandes espacios de la Meseta, pero creo yo que no demasiado. O menos que en otros pagos. Eso -moverse de un sitio a otro- hacían los pastores. Y la Reina Católica, y Carlos V. También los reformadores de las órdenes religiosas, con sus caminos y fundaciones. Lo primero era no parar.

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