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LA ROCHEFOUCAULD, CORBIE Y UN MAL RATO PARA EL CONDE DUQUE

FUENTE: BNE (CC)
A mediados de agosto de 1636 los españoles entraron en Corbie. Buena jornada fue aquella pues, tomada la plaza, los veteranos del Cardenal Infante sólo tenían que recorrer ochenta kilómetros, con las picas al hombro, para entrar en París. Allí, mientras, había representaciones de El Cid de Corneille. Lo español tenía mucho peso en aquellos años. Poco duró el júbilo por la victoria pues los franceses, que eran buenos soldados también, se rehicieron y recuperaron Corbie el 14 de noviembre. Pasó muy mal rato el Conde Duque cuando se enteró de tan aciaga noticia. Dirá después: "sólo deseaba acostarme y morir".

En la reconquista de Corbie estuvo el duque de la Rochefoucauld. Era muy gran señor, elegante a más no poder y desengañado. Don Francisco Giménez Gracia, en un memorable artículo sobre los entronques de la Casa de La Rochefoucauld con el hada Melusina, afirma, con tanta razón como elegancia, que perdió todas las batallas más nobles del Gran Siècle. No fue la primera vez que se batió el Duque con los españoles pues participó en la campaña de Italia, en el Pas-de-Suse, junto a Luis XIII y a Richelieu. También estuvo en 1635, como caballero particular, en la batalla de Avein, nueve años después en Gravelinas y en otras ocasiones que no menciono de aquella larga guerra entre España y Francia. La Rochefoucauld fue inquieto y valiente, también un notorio conspirador que, desde la soberbia de su sangre, se levantó contra su Rey con el seguro y secreto regocijo de la Corte de Madrid. Decía, y sabía de lo que hablaba, que había que tener intrepidez y corazón para sostenerse con dignidad en las conspiraciones. En una de esas aventuras, en 1652, al entrar en París, cuando acompañaba a Condé, le dieron un mosquetazo "atravesándole la cabeza por encima de los ojos, hasta hacérselos salir de la cara"*. Es posible que en el trance no perdiese ni la ironía ni la compostura. Nunca volvió Francia a contar una aristocracia con tal instinto de independencia.

No podemos, ni queremos, dejar de sentir una profunda simpatía por el señor de La Rochefoucauld, desdeñoso y galante, castigado por frondeur, encastillado y solo en sus desmochadas torres.
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*La descripción de la herida es de la introducción de Carlos Pujol a las Máximas, en su edición de 1984).

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