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MAYO DE 1628

Don Francisco de Quevedo era señor de La Torre de Juan Abad. No era señorío antiguo ni concedido por méritos particulares sino adquirido tras enmarañados pleitos, censos impagados y embrollos de alcabaleros. Los vecinos, descontentadizos, hombres llanos y libres, descendientes de tales y realengos de toda la vida, llevaban muy mal la pérdida de su exención. Allí pasaba temporadas, no siempre por voluntad propia, ejerciendo de noble rural en medio de sus malhumurados y litigiosos vasallos. No faltaban a don Francisco cartas y noticias de lo que acontecía por el mundo.

 El doctor Álvaro de Villegas le escribía el nueve de mayo de 1628. Le contaba, entre otras novedades, que hacía frío en Madrid, "como por Navidad", y que no se podía prescindir de la chimenea. También que el Rey y sus hermanos habían pasado unos días muy gratos en Aranjuez "porque estos días largos y fríos era a propósito para los ejercicios de la pelota y caza, en que se han entretenido". Tan bien estaban allí la personas reales que volvieron de no muy buen grado a Palacio, a diferencia de los cortesanos "que miran a Madrid de buena gana y se hallan mejor aquí". Era comprensible. La Corte sería desengaño, como decían, pero también más entretenida con sus maquinaciones y vanidades. Con incontables ocasiones para medrar y perderse. Los toros, las cañas, la chacona, las comedias, los memoriales, la vihuela, los mentideros, los requiebros, los billetes bien escritos, los lances y la gente. La calle y los españoles. Hasta un Habsburgo lanzando pelotas era más animado que esas soledades entre serranas y manchegas.

Don Álvaro decía envidiar el sosegado retiro de Quevedo: "le tengo grande invidia del buen tiempo y quietud que goza". Decía además: "¡Buena vida se goza vuesa merced en su aldea; muchas ganancias tiene pues, mejora su hacienda y tiene ratos para los libros! [...] bien tomara yo alguno de los ratos que a vuesamerced le sobran, y los empleara de buena gana en ese retiro, que ni es de ermitaño en la soledad ni de cortesano en la priesa con que aquí se vive". Mientras el caballero leía estas líneas quizás  crujían las jaras y la leña de encina en la lumbre. Palabras y palabras. Todo al final es, a fin de cuentas, ilusión y mentira. Don Álvaro y don Francisco, en esa primavera desapacible, lo sabían.

Comentarios

  1. El uno ansiaba el campo, el retiro y la soledad; el otro la vida de la corte, los mentideros y los chismes. No estamos a gusto en parte alguna durante mucho tiempo.
    Un saludo

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  2. Muy dados eran -y son- los que vivían en la ciudad a envidiar el apacible retiro de los que habían elegido el campo. Y viceversa. El caso era no estar conforme con la situación propiao y desear la del prójimo aunque fuera infinitamente peor y posiblemente más aburrida.
    Un saludo.

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  3. Y a lo apuntado por mis compañeros añado que el tiempo andaba, como hoy, igual de loco, que tanto en mayo hacía frío como en Navidad, como calor en el tiempo de San Jaime ahora.
    Un saludo.

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  4. Como bien apunta, mientras Quevedo dejaba pasar por su mente tantas peripecias escucharía el crujir de las brasas pensando en que, cuando se baja la cuesta, las palabras que intentan conformar suenan amargas. Lo imagino leyendo la carta con una media sonrisa, porque él sabía que dejaba versos inmortales. Y eso tiene un valor.
    Saludos

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  5. Creo que a Quevedo, con todo lo que había vivido y dado su interés por el mundo, tenía que tirarle más la Villa y Corte. Sus retiros al campo eran, muchas veces, obligados.

    Saludos, doña Carmen y gracias.

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  6. Como antes apuntaba, con gran sentido, doña Carmen: no es fácil entender la condición humana. Ese desasosiego es, además, muy barroquizante.

    Gracias por su escrito, don Cayetano.

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  7. Para que luego digan, señor DLT. Un mayo sin poder uno apartarse de la lumbre. Esos datos sobre clima y tiempo me parecen muy valiosos. Imagino que a usted le ocurrirá lo mismo.

    Mis saludos y muchas gracias.

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  8. Describe usted su ambiente y circunstancia con gran acierto y maestría. Había vivido y leído mucho.

    Saludos y muchas gracias, doña Ana María.

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  9. Es verdad que Quevedo sabía de sobra que al final, todo es ilusión y mentira pero, que maestría para tejer las ilusiones y las mentiras.
    Saludos

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  10. Y qué bien lo expresa usted.

    Mis saludos, doña Ámbar.

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