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LA SEMANA SANTA DE FERNANDO VII







Fernando VII era católico, como todos los españoles, pero sin grandes efusiones de devoción. La reina doña Josefa Amalia de Sajonia, jovencísima, recién llegada de un convento alemán, hizo todo lo posible por avivar -sin demasiados progresos- la convencional religiosidad del monarca. Muerta la Reina en 1829, con unos veintiséis años, Don Fernando afirmó rotundo:"¡no más rosarios!". Casó después con Doña María Cristina, de genio más alegre, pero el Rey no aligeró demasiado sus obligaciones religiosas. Lo demuestra su apretada agenda durante los días de Semana Santa según la Tabla de las festividades de la Real Capilla (Madrid 1832). No convenía, por lo demás, mostrar ligerezas ante apostólicos y realistas, que acusaban al Rey de tolerante en exceso y, a los que le rodeaban, de criptoliberales.

Don Fernando iniciaba la Cuaresma recibiendo la ceniza de manos de un prelado. Le acompañaban en la ceremonia Grandes, embajadores, el mayordomo mayor y el capitán de Guardias. El Domingo de Ramos el Rey participaba en la procesión de las palmas por los corredores de Palacio. Tras ésta, se oficiaba una misa cantada dedicada a la Pasión.  El Martes Santo a misa y, por la tarde, a escuchar un sermón dedicado a san Dimas, el buen ladrón. El Rey añoraría el humazo y los naipes, acompañado de su camarilla, en un clima de llano compadreo. El Miércoles Santo otra misa y por la tarde todos al oficio de Tinieblas. Previamente había esperado, a las puertas de Palacio, el paso de una procesión. Durante ese día la Capilla cantaba las lamentaciones y los capellanes de honor impartían lecciones sagradas.


El Jueves Santo el Rey asistía a misa mayor oficiada por el Nuncio de Su Santidad. Comulgaban todos los capellanes de honor, individuos eclesiásticos y niños cantores. Dentro de la Capilla Real, desfilaba otra procesión para depositar al Santísimo en el Monumento, velado por los capellanes mencionados por riguroso turno. Tras rezar vísperas y despojar los altares, otros cuatro capellanes acompañaban la Cruz al cuarto del Rey donde éste lavaba los pies de trece pobres, con la asistencia de dos prelados con roquetes. Por la tarde sermón del Mandato al que asistía Don Fernando desde la tribuna. Tras presenciar otra procesión que pasaba ante Palacio, asistía el Rey, otra vez, al oficio de Tinieblas y un religioso de San Gil edificaba a la real persona con otro sermón más  Entre pieza y pieza de oratoria sagrada, Don Fernando VII urdía maldades.


El Viernes Santo se extraía el Lignum Crucis del relicario y lo colocaba sobre el altar de la Capilla Real. El Rey presenciaba esta solemnidad desde la cortina*, desnudo el sitial y con una silla negra por ser día de luto. Se celebraban oficios de pontifical, a cargo del nuncio papal, desfilaba otra procesión más y a oír vísperas. La reliquia se llevaba, además, a la tribuna en la que estaban la Reina y otros miembros de la Realeza. Por la tarde, sermón de la Soledad, procesión ante Palacio y oficio de Tinieblas. Respecto a la procesión creo que podría tratarse de la que salía del Convento de Dominicos de Santo Tomás y recorría la Plaza Mayor, la Puerta de Guadalajara, calle de La Almudena, Palacio, Santiago, Platerías, calle Mayor, Puerta del Sol, Carretas y Atocha, antes de volver al convento. El tono de la calle no era precisamente de recogimiento pues se prohibía, con el correspondiente bando, la venta de "ramos, flores, limas, tostones ni otros comestibles"** Este ir y venir entretendría a Don Fernando que era aficionado a la majeza y a lo popular. Ahora, en las procesiones andaluzas, el ambiente no es muy distinto. Doscientos años, en el fondo, no es mucho tiempo. Y sigamos con los compromisos reales: el Sábado Santo asistía a los oficios desde la tribuna. El Domingo de Resurrección misa pontifical y, acabada la Semana Santa, se enlazaba con los oficios religiosos propios del tiempo Pascual. Si éstas eran las obligaciones piadosas de Fernando VII, imagine el lector las del Infante Don Carlos, mucho más devoto que su hermano.

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*La cortina era el dosel que estaba en el sitial o la silla del Rey, en el lado del Evangelio y cerca del presbiterio.
**Diario de Madrid, miércoles 30 de marzo de 1825.



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