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PULGAS PALACIEGAS


Pulgas, chinches, piojos, ratas y ratones -de los de verdad y no de los de Beatrix Potter- acompañaban la vida de nuestros tatarabuelos. Insectos, animalillos y demás sabandijas circulaban con impunidad y desvergüenza por palacios, casas burguesas y cuartos proletarios. El Diario de Madrid, de 14 de marzo de 1825, anunciaba la venta de una "estampa nueva que representa la caza del piojo, manifestada en varias figuras de diferentes edades, y forman un triángulo, todas en la actitud de espulgarse". Se aseguraba, para animar al potencial comprador: "este capricho es sumamente gracioso por estar todos a un mismo tiempo en la misma operación".  Humor de otro tiempo. Podía adquirirse en el almacén de estampas de la calle Mayor de Madrid, "frente a la casa de Oñate", a dos reales en blanco y negro y a seis en color.

En la primavera de 1851 hubo en Palacio una plaga de pulgas. Éstas no respetaban a nadie. Ni a la Reina que, como recoge Isabel Burdiel en su espléndida biografía de Isabel II, pasó verdaderos apuros con el atrevimiento de tales insectos. En una carta, la Reina daba cuenta, con moderado alivio, a Doña María Cristina:

 "Aquí hace bastante calor, pero por las noches refresca, lo que hay es una cantidad de pulgas espantosa, pero yo he encontrado una mano de marfil con un palo muy largo y muy delgado que rasca perfectamente y lo usé el otro día en el Consejo que fue espantosamente largo. He mandado hacer una igual para ti pues conozco que te ha de servir mucho, no creas que es broma, tiene uñas que rascan muy bien".

Creo yo que los sufridos próceres moderados -presididos por don Juan Bravo Murillo- presenciarían, no sin cierto embarazo, las desenfadadas maniobras de Isabel II con tan ingenioso y elemental remedio. Además, Doña María Cristina, sin duda, agradecería el envío de otra mano de marfil pues, tras visitar asilos y casas de beneficencia, volvía a sus reales aposentos infestada de pulgas. Un castigo duro de llevar con tantos encajes, rasos y terciopelos. Si las pulgas mandaban, nos preguntamos, cómo soportarían los palaciegos de 1851 sus acometidas. Ellos, siempre tan derechos y solemnes, sin perder la debida compostura. Servidumbres de la vida cortesana.

*Los datos sobre Isabel II en: Burdiel, I., Isabel II, una biografía, Taurus, 2011.

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