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POR LAS CALLES TRAS LA MISA DEL GALLO

A diferencia de los alemanes, ingleses y escandinavos, los españoles hemos dado a los días navideños un tono más expansivo y ruidoso que hogareño. Mesonero Romanos, con su agudeza probada, consideraba "agitadas y borrascosas" las noches de Navidad en Madrid. El 24 de diciembre de 1830 bajo el despotismo, nada ilustrado, de Fernando VII se anunció, en el Diario de avisos de Madrid, que "a fin de contener los desórdenes que puedan acontecer en la noche de este día, en que con motivo de la  concurrencia a la misa del gallo giran por las calles a deshoras de ella muchas gentes, se encarga a los comandantes de patrullas el mejor desempeño en su encargo, a los puestos de guardia de la plaza y de prevención la mayor vigilancia, teniendo pronto sus cuartos para tomar las armas a cualquier evento, y destacando patrullas que recorran sus recintos, a cuyo fin serán reforzadas las últimas.".  Debía de ser una maravilla ver a legiones de madrileños noctámbulos, entre cantos y alborotos, en un continuo girar por las calles para fastidio de los serviles. No faltaban las fiestas familiares, como a la que asistió Mesonero Romanos -mencionada en Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid- el 26 de diciembre de 1817. En esa ocasión, "a la media noche, y en lo más animado de la fiesta", apareció un alcalde de Casa y Corte  con casaca, bastón y sombrero, acompañado por la ronda y alumbrado con una linterna. Tras cuadrarse, en medio de la sala, dijo: "señores, es preciso que inmediatamente cese esta reunión. La Reina nuestra señora (y se quitó reverentemente el sombrero) acaba de expirar al dar a luz una infanta, que ha resultado muerta también". Eso era ser solemne.

Felices Pascuas para todos los lectores de  Retablo de la Vida Antigua.

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No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

Aunque las Constituciones de las Carmelitas Descalzas, dispuestas por santa Teresa, imponían con claridad la prohibición de comer carne, había situaciones en las que se daba licencia para su consumo Así, en marzo de 1572, pedía a su hermana, doña Juana de Ahumada, unos pavos para las monjas de la Encarnación de Ávila. A inicios de 1573 daba las gracias por el envío de sesenta y dos aves para unas monjas enfermas del mismo convento. En octubre de 1576 escribía al P…

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