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NAPOLEÓN Y LOS FRAILES



La invasión de España en 1808 era parte de un viejo proyecto histórico encaminado a hacer de Francia la gran potencia continental europea, no bajo los criterios del absolutismo monárquico sino a partir de su reciente herencia revolucionaria. Napoleón, para esta empresa, partía de una determinada visión de España, heredada de los tópicos ilustrados dominantes en la Francia del XVIII, reforzada a su vez por la penosa actuación de la Familia Real y de una parte de las elites españolas del momento. La imagen de una España atrasada, cerril, dominada por el oscurantismo y la superstición había calado en Francia desde la gran derrota de la Casa de Austria y seguía vigente en los tiempos de Bonaparte. Éste trataba de legitimar su invasión mediante una supuesta voluntad regeneradora e incluso supuestamente civilizadora como bien se puede comprobar en sus proclamas. Este discurso contó con el suficiente crédito y aceptación entre los afrancesados más convencidos y era generalmente aceptado fuera de España.

Iniciada la guerra, los boletines* publicados por Napoleón, sobre sus campañas en España, son una buena fuente para comprobar la mencionada visión. También para constatar que Bonaparte era consciente de que  el nervio y la base ideológica de la resistencia contra su ocupación era sostenida por la beligerancia del clero. La conciencia nacional y moderna, defendida  por los liberales convivía, frente a un enemigo común, con el fundamento religioso, popular y tradicionalista sostenido por frailes y clérigos del más diverso rango. Los ejemplos, desde las guerras de la Convención, son abundantes. Napoleón no desconocía este hecho y sus boletines lo demuestran.

El 15 de diciembre de 1808, desde Burgos se da cuenta, en un boletín, de la captura de unos prisioneros que llevaban en sus uniformes unos botones con la inscripción "Al vencedor de Francia". Dice el comunicado francés: "en esta fanfarronada ridícula se reconocen a los compatriotas de Don Quijote". El 13 de diciembre de 1808, desde Burgos, se describía con sarcasmo la movilización de los estudiantes de Salamanca que pretendían invadir Francia; también se ridiculizaba a los campesinos, todos fanáticos, que aspiraban a saquear Bayona y Burdeos y que creían ser guiados "por todos los santos aparecidos a unos monjes impostores". Esta afición milagrera, atribuida por la propaganda francesa a los españoles, es mencionada también en el boletín -firmado en Aranda de Duero el 26 de noviembre de 1808- cuando se refiere a "los monjes impostores que han hecho hablar a la Virgen del Pilar y a los santos de Valladolid".

La Inquisición, naturalmente, representaba para la propaganda bonapartista el símbolo de la España mas rancia y tenebrosa así, en el comunicado antes mencionado, del 26 de noviembre, se afirmaba de manera radical: "El reino de la Inquisición ha terminado". Sus tribunales, decía, nunca más atormentarían Europa y "el bochornoso espectáculo de los autos de fe no se volvería a producir". El Santo Oficio había dejado de ser lo que era hacía ya mucho tiempo, pero tales tópicos eran, por su naturaleza, muy difíciles de erradicar además de ser considerados muy útiles para legitimar la ocupación francesa. El comunicado denunciaba, junto a lo anterior, la abierta y extraña alianza de Inglaterra, la Inquisición  y los franciscanos. En el boletín del primero de enero de 1809 se unen, a esta triple alianza, los nostálgicos del orden feudal. Floridablanca era caracterizado como "un vejestorio que reúne la anglomanía más ciega con la devoción más supersticiosa. Sus confidentes y y sus amigos son los monjes más fanáticos e ignorantes".

Los frailes españoles eran según los boletines napoleónicos, los peores de Europa. A diferencia de los religiosos alemanes, italianos y franceses -ejemplo de mansedumbre, docilidad y formación- la clerigalla española era, según el boletín del 28 de noviembre de 1808, la hez del pueblo, ignorante, crápula, comparable a los matarifes de las carnicerías, sólo influyente en la plebe más inmunda. Así, declaraba el boletín: "una casa burguesa sería deshonrada sentando a un monje en su mesa". En diciembre de 1808 se mencionaba al obispo de Santander "animado más por el espíritu del demonio que del espíritu del Evangelio"y, en otra ocasión, se le atribuía la costumbre de ir por el mundo armado con un sable. Napoleón.


*Los distintos números del Bulletin de l'armée d'Espagne, en Oeuvres de Napoléon Bonaparte, edición C.L.F. Panckoucke, tomo IV, 1821


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