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LO INTRAHISTÓRICO EN DOMINGO ORTEGA


Su aspecto no dejaba a nadie indiferente. Unos y otros incidían, con especial insistencia, en su aire campesino. No en vano había sido labrador y venía de labradores. En 1931, año de su presentación en la plaza de Madrid, Corinto y Oro lo describió como "un aldeano zafio, con efigie de hombre de terruño, con mueca de sobriedad castellana y con ímpetu y personalidad de un Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, en su detonación y en sus hazañas". Federico Morena en Heraldo de Madrid, en las mismas fechas, destacaba su "cara de mozo que ha vivido inclinado sobre el terruño y que tiene las orejas vencidas hacia la nariz, acaso por razón de la ley de la gravedad". César Jalón Clarito, también en 1931, lo calificó de mozo de pueblo que, de manera insólita se atreve a hacer algo distinto en el toreo urbano: "su toreo es como él; es un toreo de pómulos salientes". Y además lo retrató como"labrantín" de "cara atezada; trabajada, de rústico aldeaniego" que contribuía a darle aspecto de hombre maduro. Hemingway en su desordenada, sobrevalorada  y prescindible Muerte en la tarde (1932) se refirió a sus facciones con palabras crueles e insultantes que no voy a reproducir por respeto al torero. Las labranzas, Castilla y lo intrahistórico permitían una determinada interpretación de la personalidad y del toreo de Domingo Ortega, acorde con los cánones noventayochistas y orteguianos. Gregorio Corrochano -ABC de 29 de abril de 1932- en "El torero de Castilla" afirmaba:

"Así como los toreros de la escuela sevillana tienen una gracia que recuerda Andalucía, Ortega tiene una serenidad castelllana. Ayer, delante del toro Castaño, no era Ortega, no era solamente un torero; era Castilla puesta en pie. Yo veía Esquivias con su tradición cervantina, y Borox pardo, de color barbecho, oculto en una hondonada, como metido en un enorme surco. Llanuras sin fin. Caminos sin curvas. Serenidad. No es bonito. Pero es majestuoso y evocador. El toreo de Ortega tiene hombría castellana".


Antonio Orts-Ramos en su opúsculo Domingo Ortega, 1931, asociaba al gran torero con los paisajes mesetarios, las glebas y, dentro de una estética neobarroca, con lo macabro:

"Lo primero que llama la atención en este torero es su parecido con la muerte. El cadaverismo de la cara de Ortega es algo.tan consubstancial con su toreo que, únicamente fijándose bien en ella, se puede conjeturar sobre su arte. Su sonrisa es la mueca escéptica y fatal de la descarnada [...] Y, por eso, las multitudes se entusiasman al ver la muerte luchando consigo misma, es decir a Ortega, pues esperan que mientras él la entretiene en el ruedo, se olvidará que en los tendidos hay gente ya en sazón para ponerle esos puntos suspensivos que terminan con la.admiración de un hoyo y unas paletadas de tierra".

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