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DE VISITA



No es desconocido para los selectos lectores de Retablo de la Vida Antigua el Prontuario de las reglas de buena crianza y urbanidad que deben saberse y practicarse por todos los que aspiran a pasar por bien criados y educados. Lo escribió don Juan Manuel Calleja y se publicó a mediados del siglo XIX. En el librillo se dan unos consejos sobre la forma de comportarse en las visitas de cumplido. Se debía acudir a tales compromisos con traje de etiqueta y bien aseado. Al llegar a la casa se llamaría a la puerta o se tiraría de la campanilla "sin hacer gran estrépito". Las sacudidas descompuestas y la insistencia impertinente estaban fuera de lugar para toda persona bien educada, además de causar una penosa impresión. Cuando abriesen la puerta se debía preguntar por los señores de la casa, procediendo el visitante, por supuesto, a identificarse. En el umbral de la sala de recibir, con paso mesurado -nada de carreras ni de zancadas- y el sombrero en la mano derecha, se saludaría a la concurrencia con una inclinación de cabeza y doblando ligeramente el cuerpo. La  inclinación noble, por cierto, ha sido ya citada en alguna ocasión. Una vez dentro, el visitante volverá a presentar, otra vez, los correspondientes respetos a los allí presentes, de izquierda a derecha, con un tono de voz adecuado. Se tomaría asiento con el sombrero en la mano si no se había entregado, previamente, a algún criado. Era obligado estar bien derecho, decorosamente, sin cruzar las piernas ni estirarlas. Tampoco se jugaría con el bastón ni con prenda alguna. En la conversación se debían evitar las discusiones y disputas. Nada de armar peloteras en las visitas de cumplido. Tampoco era correcto hablar mal de otros o reírse a su costa "menos aun a carcajadas". Mejor la sonrisa que la risa. Conviene recordar que las risotadas siempre han sido objeto de la desconfianza de la gente bien criada pues suelen descomponer el gesto. Y una regla obligada,  razonable, siempre vigente: la visita será siempre breve.


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