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SAN ANTÓN Y EL CEBONCILLO


El maestro Alonso de Villegas en su Flos Sanctorum, de finales del siglo XVI, menciona la vida, milagros y hechos prodigiosos atribuidos a san Antonio Abad. Decía Villegas: "pintanle a sus pies un puerco con una campanilla, y es la razon porque en Francia, teniendose devocion grande con san Antonio, por estar alli su cuerpo acostumbran en todas las piaras, y crias de puercos, señalar uno poniendole una campanilla, para ofrecerle cierto dia; y estiman en tanto a tal puerco, que si le hurtan sienten mas su perdida, que si les fuesen hurtados otros muchos; y este es el que pintan junto al Santo". Blas Antonio de Ceballos, en su Flores de El Yermo, en tiempos de Carlos II, indicaba que la costumbre de que san Antón esté acompañado por "un animalillo de cerda" se debe a que curó, e incluso resucitó según algunos, "un ceboncillo cojo y contrahecho, recien nacido". Al parecer, la cerda, madre del desafortunado marranillo, se lo llevó al Santo en actitud suplicante. Ocurrió el suceso en Barcelona. El ceboncillo que los devotos dedicaban a San Antón era intocable. ¡Ay de aquél que no lo respetase!.  En el mismo libro, Ceballos narra lo acaecido en Nápoles, en 1620, cuando un soldado llamado Pedro Tabres, junto a otros de su compañía, robó de una piara uno de estos cochinillos dedicados a san Antón. El porquero le suplicó, con toda humildad, que lo devolviese advirtiéndole de los riesgos en que incurría con tal desafuero. El soldado, desvergonzado, "haciendo donayre, y chanza" se burló con irreverencia de tales avisos. Pues bien: "al tiempo de comer el ceboncillo, con el primer bocado que metio en su blasfema boca, se quedó ahogado, con terror, y espanto de sus compañeros". Éstos no debieron de olvidar el lance en toda su vida. También debían arrostrar rigurosos castigos los que maltrataban a estos animales. Así, en caso de que alguno estuviese dando buena cuenta, por ejemplo, de un melonar no era cuestión de espantarlo con descomedimiento sino con tino y buenas formas por lo que pudiera pasar.





Ceballos menciona, además, un admirable episodio protagonizado por otro ceboncillo, noctámbulo ocasional, servicial y discreto Lo criaba un labrador por honrar al Santo. El animal campaba por sus respetos durante toda la jornada, por la aldea y cercanías -"a sus aventuras" dice felizmente el piadoso autor- buscándose su sustento sin hacer mal a nadie. Llegada la hora, se recogía sin mayor problema y con toda formalidad. Una noche no apareció por la casa a la hora de costumbre. Se fue el labrador a la cama con cierto desasosiego y al tiempo "assi que le oyó gruñir, y hocicar" se levantó y le abrió la puerta. Fue cosa sorprendente que "el ceboncillo al punto que vio a su amo, haciendole muchas fiestas, le asió fuertemente" y y lo arrastró hasta la mitad de la calle. El labrador estaba espantado pues "por más que forcejeava, no podia desasirse de animal tan pequeño". Pidió ayuda a su mujer y al salir ésta a la calle, a socorrer a su marido, justo en ese instante, la casa se hundió. Ambos salvaron milagrosamente la vida gracias a su devoción a san Antonio Abad, grande entre los santos.-

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