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SOBRE EL COSTE DE LA VIDA EN TIEMPOS DEL QUIJOTE



Los productos de primera necesidad, y en particular los alimentos, eran mucho más caros en el siglo XVII que ahora. Igual ocurría con el vestido, el menaje doméstico y el utillaje de trabajo. Aparecen como objetos valiosos en los inventarios y testamentos. La abundancia de la sociedad industrial y la superabundancia de la postindustrial habrían resultado inimaginables  para las gentes del tiempo de Cervantes. Un paseo por unos grandes almacenes producirían, quizás, más asombro que los más sofisticados aparatos electrónicos o los viajes en avión.
                                       
En el primer tercio del siglo XVII un campesino en Jaén percibía, por día de trabajo, unos dos reales y medio que equivalían a 85 maravedíes con los que se podía adquirir, diariamente, lo siguiente:
  • Un pan de un kilo (34 maravedíes).
  • Un cuarto de litro de vino (6 maravedíes)
  • Un cuarto de kilo de bacalao (9 maravedíes).
  • Un cuarto de litro de aceite  (10 maravedíes).
  • Medio litro de leche (6 maravedíes).
  • Un cuarto de kilo de queso (12 maravedíes)
  •  Jabón: (0,5 maravedíes).
  • Alquiler de vivienda (7 maravedíes).
Con esta frugal cesta de la compra tenía que arreglarse, cada día, una familia en la que sólo trabajase uno de sus miembros. Una vez distribuido lo adquirido -por ejemplo- entre cuatro personas, veremos que la ración que corresponde a cada una de ellas es exigua. Esto explica, en no poca medida, los elevados porcentajes de solteros entre jornaleros y demás pobres. Los gastos de vestido, muy de tarde en tarde, y los de botica no entran en estas pobres cuentas.Tampoco, cuando el frío apretaba, el consumo de leña o carbón vegetal, nunca abundantes, para hornillos y braseros. La carne se limitaba a la ocasional adquisición de despojos, despachados los sábados en los rastros, y al tocino salado. Los garbanzos eran poco menos que un lujo, rango que tenían los huevos y el azúcar.

Téngase en cuenta, además, que los jornaleros padecían, regularmente, largas temporadas de paro estacional. Una subida de los precios del cereal, como consecuencia de una sequía, de los temporales o de las plagas de langosta conducían a una situación desesperada a la gran mayoría de la gente corriente. Estas situaciones condenaban a los más desventurados al amparo de la caridad de las órdenes religiosas, de las parroquias o de los propios ayuntamientos que, en caso de penuria extrema, distribuían trigo almacenado en los pósitos. La agobiante presión fiscal -por medio de impuestos indirectos sobre productos de primera necesidad que encarecían todavía más su precio- los procesos inflacionistas provocados por el vellón, el intervencionismo económico municipal y real, además de la nula capacidad de ahorro contribuían al crónico empobrecimiento de la sociedad española de la época. 



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