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EL TIEMPO DE SOLDADOS Y TOREROS



La afición a los relojes es una inclinación de linaje barroco. En el siglo XVIII la reflexión sobre el tiempo, siempre en la esencia del pensamiento occidental, se unió a la búsqueda de la precisión, tan propia de la mentalidad ilustrada. En aquellas cabezas, rematadas con pelucas, residía una constante e incorregible pasión por contar, medir y clasificar. No era sólo asunto de gabinetes de científicos y curiosos. Don José Carrillo de Albornoz, conde de Montemar  (1671-1747) recomendaba en un tratado militar: "llevará el Capitán [de Caballería] relox, anteojo de larga vista, tintero, y papel, y algún pedazo de cerilla, o estadal, por ser todo preciso para salir con ayre de la comisión que se le encarga". Seguro que nuestro brigadier, don Pedro de Rivera, era de la misma opinión. Miraría su reloj y otearía con su largavista los grandes espacios americanos en su viaje de 13.000 kilómetros. El morral de un oficial del siglo XVIII bien podía contener redes, cajas y lentes de aumento pues no faltaban coleccionistas y naturalistas aficionados en regimientos y buques de la Armada.

También es conocida la estampa de Pepe Hillo, estoque a la derecha y el reloj a la izquierda. Lo muestra el torero, enigmático y resignado ante el inexorable paso de las horas y los días, con la fiera abatida  a sus pies. El tiempo, la espada y la muerte del toro tienen una misteriosa relación.


                                                                         
Y otra cuestión para pensar: "Salir con ayre". Obligación compartida por toreros y militares. Buen propósito, consejo para no olvidar, una exhortación que el conde de Montemar nos hace desde el civilizado y elegante siglo XVIII. Siempre hay que aspirar a "salir con ayre". Aunque no llevemos catalejo, tintero, papel, cerilla y reloj de los de antes.

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