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INCIDENTES EN LA PLAZA DE TOROS DE SEVILLA EN 1748

El 13 de mayo de 1748 un soldado del Regimiento de Flandes cumplía su servicio en la plaza de toros de Sevilla. Reinaba un ambiente bronco. Había que bregar con un público intratable y díscolo. En estas circunstancias, unos espectadores decidieron bajar al ruedo, espada en mano, para herir al toro. Con el objetivo de evitarlo, el soldado repartió unos espadazos entre los más desobedientes. Al parecer se pasó en en el castigo. El paisanaje se enojó y la emprendió a limonazos contra el infante que, sin amilanarse, arremetió -con más furia todavía- contra sus agresores. Esta vez repartió estopa por los tendidos de media plaza. Era tal su enfado que tuvo que ser apaciguado por sus compañeros de armas.  El griterío debía de ser infernal. Parecía que todo iba a quedar ahí.

Transcurrió la lidia y cuando se jugaba el último toro los asistentes pensaron que era el momento de saldar viejas deudas. Comenzaron a buscar al soldado en cuestión -cosa que consiguieron- y, encabezados por un clérigo, comenzaron otra vez a increparlo. El soldado huyó, no sin antes aporrear al clérigo. Perseguido por la muchedumbre enfurecida llegó hasta el cuartel de Triana que fue apedreado.  Tuvo que presentarse el alguacil mayor  de Sevilla para tratar de resolver la papeleta. Hubo intentos de asaltar el cuartel en busca del soldado. La guardia se preparó para defensa.

Era tan apurada la situación que, al final, los del cuartel sacaron al soldado por un balcón, ante la vista de las masas airadas. El marqués de Tablantes dice que fue presentado por el alguacil mayor o por su capitán-que esto no queda claro- "desnudo de medio cuerpo arriba, con la cabeza y los bigotes rapados". Le preguntó a los amotinados el castigo que debían aplicarle al soldado, pues dispuesto estaba "a darle baquetas o a arcabucearlo". Al oír esto, el perseguido prorrumpió en llantos y levantó las manos en señal de arrepentimiento. El pueblo conmovido gritó "perdón, perdón". Y aquí acabó todo el alboroto.

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