Ir al contenido principal

MÁS VALE PARAR

Ahora que los rastrojos relucen como oro de los galeones del Rey. Ahora que no hay otra sombra que la de las alas de milanos. Ahora que, acogidos a sagrado, pasamos el mediodía al amparo de la encina y cruje el monte al arrancarse la liebre, hora es -cortés lector del Retablo de la Vida Antigua- de esperar tiempos en que otros aires, y otra luz, nos anuncien el final del estío.

Comentarios

  1. Muchos milanos, Don Retablo, siempre volando. Los más presentes en las carreteras de por aquí, casi desiertas. Buen verano (lo que queda de él)

    ResponderEliminar
  2. Igualmente, doña Aurora. Muchas gracias por su escrito.

    ResponderEliminar
  3. Tarde vino por estos lares el verano y lo mismo se alarga, fuera de fecha, hasta Los Santos. Que las sombras te sean acogedoras.

    ResponderEliminar
  4. Coincido con vos. Agora es tiempo de refugiarse al amparo de las sombras, bajo un vetusto árbol fuera de estos artificios del diablo que la juventud llama "ordenadores", dadores de calor proveniente de las fauces del mismísimo Averno.
    Con Dios, maese Retablo

    ResponderEliminar
  5. Gracias, Eduardo. Pronto volveré a publicar algunas entradas.


    Saludos.

    ResponderEliminar
  6. Y buscar lugares amenos e fragosos do viven las bestezuelas del campo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

LA COCINA DE SANTA TERESA

No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

Aunque las Constituciones de las Carmelitas Descalzas, dispuestas por santa Teresa, imponían con claridad la prohibición de comer carne, había situaciones en las que se daba licencia para su consumo Así, en marzo de 1572, pedía a su hermana, doña Juana de Ahumada, unos pavos para las monjas de la Encarnación de Ávila. A inicios de 1573 daba las gracias por el envío de sesenta y dos aves para unas monjas enfermas del mismo convento. En octubre de 1576 escribía al P…

PROTESTANTES DE EL CENTENILLO

Los ingleses explotaban las minas de plomo de El Centenillo, a pocos kilómetros de La Carolina, ya en Sierra Morena. Allí estaba instalados los Haselden, una familia inglesa, que corrió aventuras y trabajos en el pueblo y la comarca. Entre sus componentes podemos recordar a Arthur Haselden. Don Arturo, conocido así por el paisanaje, fue secuestrado en 1874 por unos facinerosos que obtuvieron un cuantioso rescate de 5.800 libras. En esos tiempos, Andalucía podía ser un lugar peligroso. Su hija, Mary Ethel Haselden, llamada por los del pueblo "doña Eze", según leo en Luis García Sanchez-Berbel, hacía proselitismo protestante entre los mineros, acompañada por una criada española llamada Flora y previamente catequizada. Llegó a existir en el poblado una iglesia de esta obediencia. Allí, los ingenieros ingleses y algunos mineros convertidos cantarían los domingos sus himnos como si estuviesen en Gales o en el Yorkshire. Entre los neófitos destacó un vecino llamado Raimundo Parril…

CORTIJOS

Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



Cuando el Imperio Romano de Occidente se hundió, en el siglo V, sólo permaneció, en palabras de FW Walbank en su obra La pavorosa revolución, lo que estaba arraigado en la tierra: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades y los edificios. Yo añadiría que también los cortijos. Fueron los parientes pobres de los monasterios y de los ca…