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VOTOS Y TAUROMAQUIA EN EL SIGLO XVII



Determinados santos eran invocados para obtener protección contra  plagas, epidemias y todo tipo de desastres. Cuando se había pasado un mal trago con alguno de estos males, como prueba de agradecimiento por los favores recibidos, tanto individuos como instituciones se comprometían a realizar oficios y fiestas anuales en honor a sus valedores. También, al mismo tiempo, se renovaba la demanda de protección ante lo que pudiera venir y se hacían méritos para que ésta, en caso de necesidad, fuese rápida y efectiva. Era una forma de religiosidad contractual, feudovasallática incluso, como hizo ver en su momento Claudio Sánchez Albornoz.

Los votos de los particulares podían mantenerse a lo largo del tiempo, por medio de mandas testamentarias que establecían la fundación de fiestas, altares y obras piadosas. Los votos acordados por los concejos obligaban a generaciones enteras. Muchas fiestas patronales y romerías celebradas en estos días, tienen su origen en tales promesas. Eran jornadas grandes que se solemnizaban con los correspondientes actos religiosos. También con festejos taurinos. Una costumbre inmemorial  que no siempre contaba con el beneplácito de las autoridades eclesiásticas. Se podía perder el alma, en caso de recibir una cornada mortal sin estar en estado de gracia. Además no eran motivaciones piadosas las que conducían a un hidalgo, a un labrador o a un menestral a la plaza del pueblo o al encierro. Los que criticaban estas costumbres, desde criterios religiosos, sostenían que la emulación, el alarde o la búsqueda de emociones intensas tenían poco que ver con la devoción. También intuían los clérigos más observantes  -no todos- el tono paganizante, poco cristiano en el fondo, de estas celebraciones. Esta relación de los españoles con el toro -sagrada, marcial y festiva- venía de muy lejos.

Estas razones explican lo dispuesto, en 1624, en las Constituciones Sinodales del Obispado de Jaén:

 "Los votos han se de hacer de cosa agradable a Dios, y es muy grave pecado votar materia que á Su Divina Magestad ofende, y porque en algunos lugares suelen en honor, y reverencia de los Santos hacer votos de correr toros, y otros regocijos vanos, en que suelen hallarse muchas ofensas a Dios [...] mandamos de aquí adelante no se hagan votos de correr toros en reverencia de los Santos, ni en otra manera, y los hasta aquí hechos no valgan, ni obliguen a los que lo hicieron y ninguno los competa a cumplirlos".

Poco caso se hizo a estos mandatos. Y el toro, arcaico y totémico, siguió formando parte de los días sagrados y festivos.

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