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RAYOS



Es certeza antigua que el laurel protege del rayo y así lo hacía constar Plinio en su Historia Natural. Es posible que la costumbre de plantar laureles cerca de las casas proceda, remotamente, de este hecho. Robert Graves afirma lo mismo del fresno silvestre.  Además, se pensaba que los útiles prehistóricos de silex eran piedras dejadas por los rayos tras impactar en la tierra. Se les atribuían poderes protectores y curativos. En la revista Don Lope de Sosa, enero de 1919, Manuel Acedo dice: "El origen y el respeto misterioso que muchos arqueólogos atribuyen al hacha, es debido sin duda al lugar en que se encuentran en las cavernas, y el sitio que ocupan en ellas, así como también la denominación dada, de piedras de rayo, de relámpago o piedras de fuego". Incluso hace menos de treinta años tuve yo noticia de esta creencia tan arcaica en la Sierra de Segura. Es sabido, además, que los lugares tocados por el rayo inspiraban temor reverencial. Fustel de Coulanges escribió que los romanos se cubrían la cabeza al pasar ante tales puntos.

Una noticia que recogí hace años en unos libros parroquiales: el 8 de septiembre de 1829 enterraron en la Iglesia de San Miguel, de Vilches, en Jaén,  a Fermín Poveda "el que murió de un rayo o centella" a los 32 años. No debió de estar cerca de un laurel o de un fresno silvestre, árboles por cierto, nada raros en los ríos de Sierra Morena.

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No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

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Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



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