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PELIGROS DE LA CAZA


Víctor de la Serna, en su Nuevo viaje de España. La ruta de los foramontanos (1955), menciona un suceso, acaecido hacía ya muchos años, que tuvo por protagonista al cura de Ricabo. Éste se encajó en la montera dos cuernos de rebeco - más o menos como los que podemos ver en la ilustración- para que se le pusiera a tiro a un animal de la naturaleza citada. No fue un recurso prudente pues "atrajo, en cambio, un postazo que le sacudió un vecino tomándole por un rebeco de verdad". Victor de la Serna asociaba este ardid, planeado por el honrado clérigo, con la antiquísima costumbre que tenían  los jinetes germánicos, los celtas o los normandos, de coronar sus yelmos con cuernos y alas. Es posible. La caza siempre tiene sus riesgos, por eso de ir de acá para allá con escopetas y morrales, al arrimo de despeñaderos y entre las espesuras de los jarales. Los verdaderos aficionados atestiguarán que vale la pena pasar todo tipo de penalidades para ejercer tan viejo y noble ejercicio.  Esto no es siempre comprendido, en especial por los asiduos a cafés, sofás y bock de cerveza a las una. Una razón muy poderosa debe de existir cuando hombres sensatos, nada dotados para las artes venatorias, insisten una y otra vez en salir al campo, para mayor perjuicio de su tiempo, su bolsillo y su prestigio personal. Jardiel Poncela cita en ¡Espérame en Siberia, vida mía! a un tal Menacho que decía ser cazador. Hacía recuento de sus jornadas cinegéticas. En  los cuatro domingos del último mes había obtenido los siguientes trofeos:

Perdices: 1
Liebres : 1
Mariposas: 2
Perros de su propiedad: 39
Campesinos: 13

Un aspecto que no se debe olvidar: Jardiel consideraba a Menacho "bobo de este a oeste".


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