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FAROLES EN LA NOCHE

Una diferencia entre el pasado y los tiempos actuales reside en la iluminación de las estancias y las calles. La noche en las ciudades era sobrecogedora y peligrosa. Imaginemos las calles a finales del siglo XVIII. E incluso en el siglo siguiente. Resplandores difusos tras los vidrios y lienzos encerados, las brasas de cigarros y poco más. Por todos los lados postigos cerrados y premura para resguardarse en sitio seguro. En la calle sólo matones, gente atribulada y tipos temerarios. Terreno incierto de valientes, valentones y desgraciados. La descripción que hace Galdós del Madrid nocturno, en La Fontana de Oro, es pavorosa. También escribió Mesonero Romanos al respecto.

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Antonio Ponz, de prosa tan antipática como ilustrada, estuvo en Londres en tiempos de Carlos III. Observó que las vía públicas se iluminaban por la noche con faroles de dos mecheros. No alumbraban más que los de Madrid que tenían sólo un pabilo. Quizás, pensaba Ponz, el aceite español, de oliva, daba más claridad que las grasas utilizadas por los ingleses.O era por la humedad. Nada escapaba a su curiosidad rayana en la impertinencia. Muchos faroles de la Corte, bueno es recordarlo, fueron destruidos a pedradas cuando lo del motín de Esquilache. Extraña alianza entre el sombrero de ala ancha, la capa larga y la predilección por las calles oscuras como boca de lobo. No es raro. La noche iluminada iba contra la naturaleza de las cosas. Desde que el mundo es mundo. Así pensarían los individuos de querencia casticista. También hizo constar Ponz que había guardias nocturnos en Londres, similares a los serenos, los watchmen. A voces informaban de la hora y del tiempo. En invierno comenzaban su tarea a las nueve y en verano a las diez de la noche. En España había ya serenos en Valencia y en Toledo pero, durante aquellos años, todavía no en Madrid. Sí existían, por supuesto, las rondas de alguaciles. Era costumbre antigua ésta pues los romanos tuvieron, para fines similares, a los vigiles que recorrían la ciudad, durante la noche, enarbolando garrotes para deslomar maleantes y desafortunados noctámbulos.

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