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SAN JUAN DE ÁVILA Y LOS ESCRIBANOS





En el epistolario de san Juan de Ávila se recoge una carta enviada a un asistente de Sevilla. Era, este oficio de asistente, similar al de corregidor. Le preocupaba al Santo la censurable y extendida costumbre de jurar en falso, no sólo por el perjuicio que causaba al buen orden de la república, sino también por el riesgo de perder el alma en que incurrían los perjuros. En particular señalaba como los "más desenfrenados", en tan reprochable comportamiento, a los escribanos. No sólo por las componendas que organizaban en sus escritorios sino por no respetar el obligado juramento de guardar el arancel. Cobraban estos malsines, en sus escrituras y actuaciones, más derechos de lo legalmente establecido. Aparte estaba la recurrente acusación -de la que eran asimismo objeto escribanos, procuradores y alguaciles- de promover pleitos y querellas "por renzillas muy livianas" e  incluso de obstaculizar perdones, partimientos de mano y conciliaciones. Justo es reconocer, sin embargo, que a los españoles de los siglos XVI y XVII tampoco era muy difícil animarlos para iniciar pleitos que, en ocasiones, se dilataban durante generaciones. A pesar de todo, el desamparo de la gente corriente ante estos ministros y curiales era manifiesto  y escandaloso pues, por poca cosa -según nuestro personaje- llegaba un alguacil "y haze tal ricia en ellos que llega a venderles sus bestezuelas y alhajas". Estos abusos causaban, incluso, la despoblación de los lugares, calamidad que quitaba el sueño a los más preocupados por los males de la Monarquía. Decía san Juan de Ávila: "sé yo de algún pueblo del qual por sola esta causa se desvencindavan muchos vecinos". Ya debían de ser insufribles las tropelías padecidas para que tantos tuviesen que liar su hatillo y lanzarse a los caminos a buscar lugar donde asentarse. San Juan de Ávila, hombre de despierto ingenio, buscaba el origen de estos males y era consciente de la feroz competencia existente entre los escribanos de distinto tipo y del elevado coste del arrendamiento de sus oficios. Era habitual que personas de caudal comprasen escribanías a la Corona o a otros particulares para arrendarlas a un teniente y, de esa forma, percibir unos ingresos variables según la naturaleza del oficio. "Si ellos no roban no pueden pagar la renta y comer" decía el Santo. A pesar de todo estas generalizaciones no dejaban de ser injustas y, en una u otra medida, las padecieron todos los sectores profesionales de la España de los siglos XVI y XVII.

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