Ir al contenido principal

EL GUARDAVÍAS


Ruinas del apeadero de San Julián cerca de Despeñaperros (Vilches, Jaén) 


El ferrocarril o la aparición de nuevos oficios. Uno de éstos era el de guardavías. Dickens escribió un relato de fantasmas titulado así, El guardavías. Precisamente una reciente entrada del excelente y muy erudito blog Obiter Dicta se centra en el accidente ferroviario sufrido por el autor inglés y que, probablemente, dio lugar a la inquietante desolación del citado cuento. El guardavías de este relato tenía su caseta en un lugar lóbrego, batido por el aire helado, donde siempre olía a tierra, muy adecuado para las apariciones de un espectro atormentado y agorero. Es muy recomendable lectura, más propia de noviembre o diciembre que de estos días de junio. Quizás para que no se dejasen impresionar por noches oscuras como boca de lobo o almas en pena, el oficio de guardavías era muy adecuado para tipos bragados y fogueados, como los soldados licenciados, según recomendaba don Mariano Matallana, experto en la materia del siglo XIX. Según Matallana el guardavías debía ser ágil, decidido y diligente. Su equipo debía constar de carabina y bayoneta, canana con pistones, petardos para señales, banderín encarnado con su funda, martillo, llave de dos bocas, aceitera, mechas variadas, tijeras, farol con cristales blanco y rojo, espuerta, pala, reglamento y partes, cartera y tintero. Para los avisos tenía que soplar con energía, pulmones y resistentes carrillos una trompa que, junto a todo lo enumerado, llevaría colgada de un cordón. Si no se utilizaba la trompa había que optar por el uso de la bocina. No tenían que acarrear toda esta impedimenta en sus rondas pues, de ser así más parecerían sherpas que modestos operarios del ferrocarril. Sí eran imprescindibles, en cualquier circunstancia, el martillo, la trompa, la carabina, los petardos, el banderín y el recado de escribir. Los petardos se colocaban en los rieles para avisar a los maquinistas de algún peligro o incidencia de consideración. El uniforme del guardavías podía ser de invierno o de verano. Sólo un detalle al respecto: en invierno llevaban gorra de gutapercha o cuero y en verano hongo de fieltro gris. El hongo combinado con todo el utillaje, la carabina y la bayoneta calada aportaría a estos operarios un curioso aspecto. Se les debía facilitar una vivienda en la que no podían despachar bebidas para evitar que montasen cantinas y timbas. Tampoco se les permitía criar reses aunque si cultivar una huerta y tener aves de corral.

Mariano Matallana, Cartilla de los guardavías en los ferro-carriles, Barcelona 1866

Comentarios

  1. ¿Y del sueldo qué?, bueno al menos el trabajo podía ser libre y entretenido.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La verdad es que Matallana no dice nada de la paga. No debía de ser gran cosa.
      Saludos don Eduardo.

      Eliminar
  2. Oficio monótono y solitario como el de farero. Gente especial.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Era tarea no exenta de responsabilidad. El reglamento consultado plantea no pocas situaciones posibles.
    Saludos don Cayetano.

    ResponderEliminar
  4. El relato del guardavía he vuelto a leerlo, aunque lo tenía con otro título. El blog de Jorge Ordaz y su comentario tuvieron la culpa.
    Los guardavías tenían cierto empaque y autoridad; ahora se antoja una figura romántica, muy apropiada para relatos decimonónicos.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  5. No dejaba de ser, además, una aparición espectral en un contexto absolutamente moderno. Nada de castillos sombríos o de fantasmas arrastrando cadenas. Esto es bastante interesante bajo mi punto de vista.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  6. Tenían que ser hombres hechos y derechos, aptos para estos menesteres por permanecer siempre solos es su puesto, sin casi vida privada, y en soledad.
    Saludos

    ResponderEliminar
  7. Mi abuelo materno era guardavías. De bragado y valeroso no sé, porque las historias que circulan sobre él son más bien todo lo contrario. Eso sí: escopetilla llevaba, y cornetín -mi padre, enganchador, también tuvo uno, qué recuerdos.
    Ya colocaré alguna de esas historias en mi blogo, que me han llegado vaias, jugosillas en todolocontrarios, aunque a mi abuelo, directamente, le apodaban "el Tío Matalobos". Eso: crió a siete hijos (cinco en la posguerra) en aquellos tiempos bravíos y desvencijados.

    ResponderEliminar
  8. Cuando era niño solía ir a jugar en las inmediaciones de la estación ferroviaria del Clot, en el barrio barcelonés donde vivían mis abuelos. Recuerdo que había un paso a nivel, con una castea con guardavías.
    Magnífica y evocadora entrada.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  9. Y además en despoblado durante gran parte de su tiempo. No estaba exento de riesgos el oficio.

    Saludos doña Carmen.

    ResponderEliminar
  10. Pocas personas mejor que usted para valorar el oficio de guardavías en el pasado. Lo del apodo de su abuelo denota, creo yo, cierta presencia de ánimo en su carácter. A no ser que viniese, el apodo, de algún ascendiente pues, ya sabe usted, que había cazadores dedicados al lobo en aquellos tiempos.
    Y espero que escriba usted al respecto pues será de indudable interés.

    Reciba usted mis saludos Mujerárbol.

    ResponderEliminar
  11. Quedo agradecido por sus palabras don Jorge. Y doblemente pues su escrito motivó estas desmañadas líneas que yo he publicado.

    Mis saludos.

    ResponderEliminar
  12. Otro de esos oficios de los que usted nos habla tan a menudo, sino desaparecido, a punto de hacerlo. La fotografía que ha puesto de la caseta me ha recordado mucho otra que hice yo, hace ya más de quince años, de otra bien conservada y en uso, pero ya desaparecida. Y salió en ella el guardavías, que había echado la barrera y estaba junto a la vía a la espera. Eso sí su impedimenta era bien distinta a aquella de otros tiempos.
    Un saludo

    ResponderEliminar
  13. Las estaciones y,en general, el mundo del ferrocarril tienen siempre algo del siglo XIX. Estaríamos todos interesados en una entrada suya al respecto.

    reciba usted,señor DLT, otro saludo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

LA COCINA DE SANTA TERESA

No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

Aunque las Constituciones de las Carmelitas Descalzas, dispuestas por santa Teresa, imponían con claridad la prohibición de comer carne, había situaciones en las que se daba licencia para su consumo Así, en marzo de 1572, pedía a su hermana, doña Juana de Ahumada, unos pavos para las monjas de la Encarnación de Ávila. A inicios de 1573 daba las gracias por el envío de sesenta y dos aves para unas monjas enfermas del mismo convento. En octubre de 1576 escribía al P…

PROTESTANTES DE EL CENTENILLO

Los ingleses explotaban las minas de plomo de El Centenillo, a pocos kilómetros de La Carolina, ya en Sierra Morena. Allí estaba instalados los Haselden, una familia inglesa, que corrió aventuras y trabajos en el pueblo y la comarca. Entre sus componentes podemos recordar a Arthur Haselden. Don Arturo, conocido así por el paisanaje, fue secuestrado en 1874 por unos facinerosos que obtuvieron un cuantioso rescate de 5.800 libras. En esos tiempos, Andalucía podía ser un lugar peligroso. Su hija, Mary Ethel Haselden, llamada por los del pueblo "doña Eze", según leo en Luis García Sanchez-Berbel, hacía proselitismo protestante entre los mineros, acompañada por una criada española llamada Flora y previamente catequizada. Llegó a existir en el poblado una iglesia de esta obediencia. Allí, los ingenieros ingleses y algunos mineros convertidos cantarían los domingos sus himnos como si estuviesen en Gales o en el Yorkshire. Entre los neófitos destacó un vecino llamado Raimundo Parril…

CORTIJOS

Por mucho que algunos digan lo contrario, hay cortijos en Andalucía desde los romanos. José María Blázquez afirma que los fundi, que bien podemos emparentar con los cortijos, comenzaron a proliferar a finales del siglo II, para adquirir plena importancia a partir del IV, aunque no sólo en Andalucía sino también en la Meseta donde eran, incluso, más ostentosos. En tiempos difíciles constituyeron enclaves autosuficientes, cercados de muros sólidos, para mejor resguardo de las bandas de merodeadores, y bajo el gobierno de terratenientes con mando en plaza, fuente de autoridad patriarcal sobre sus esclavos, colonos y libertos.



Cuando el Imperio Romano de Occidente se hundió, en el siglo V, sólo permaneció, en palabras de FW Walbank en su obra La pavorosa revolución, lo que estaba arraigado en la tierra: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades y los edificios. Yo añadiría que también los cortijos. Fueron los parientes pobres de los monasterios y de los ca…