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DON DIEGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS NO SE QUIERE CASAR

Don Diego Espinosa de los Monteros vivía en Jaén en tiempos de Carlos II. No tengo por seguro si era hombre ingenuo o de pocas luces. O las dos cosas. Pasaba los días de manera apacible don Diego, un poco aburrido imagino, y un mal día le dijeron que no sería mal asunto que pensara en casarse. Le hablaron de una doncella muy principal llamada doña Catalina Francisca Delgado y Vela y no le pareció mal la idea a nuestro hidalgo. Era obligado que le diese palabra de casamiento a doña Catalina Francisca y a ello se dispuso. Sin embargo, por confusión o jugada que le hicieron, entregó un anillo, como prenda de su promesa, a otra mujer que no era doña Catalina.  O eso decía él. El caso es que quedó comprometido y una ruptura de palabra de casamiento tenía en aquella época serias e inciertas consecuencias. Decidió el novio escaparse de Jaén. Podría haberse ido a Sevilla, a Granada o a la Corte, y allí ocultarse con alguna fortuna,  correr mundo, hacerse soldado, pasar a Indias, hacerse tahur, ermitaño, comediante, rodrigón, galán, portero de palacio, jesuita, aventurero o jayán de marca mayor. Pero no, se fue a Valdepeñas, un pueblo a unas pocas leguas de Jaén donde todos se conocían. Decisión que apunta al poco seso de don Diego pues pronto le echaron el guante y lo trajeron a la fuerza a Jaén. En el viaje de vuelta le debieron de poner la cabeza como bombo de fanfarria, hasta extremos difíciles de imaginar, para que le explotase. Lo pusieron a buen recaudo, en un calabozo nada menos. Allí, a la sombra, recibió todo tipo de admoniciones, consejos, requerimientos, amenazas, regañinas y sermones de "caballeros desta ciudad, personas de superior clase", como dice el expediente que recoge esta historia. Consintió en casarse, qué remedio, lo montaron en un coche, bien guardado para que no se escapase otra vez,  y lo llevaron camino a la casa de la novia. Allí oficiaron, creo que con más prisa que solemnidad, la ceremonia y después enviaron a los recién casados a una alcoba. Una vez solos, don Diego le dijo a la recién casada que con ella no iba nada y que, si daba un paso hacia él, estaba dispuesto a lanzarse por la ventana y descalabrarse o lo que Dios quisiera. Por la mañana, a hora prudente, un tío de la novia subió a la alcoba para ver como había ido todo y se encontró a Don Diego, vestido de punta en blanco y sentado en una silla, más tieso que una vela. Otra tía de la novia llamada, para más señas, doña Eufrasia al descubrir la casta decisión de don Diego comenzó a lamentarse con grandes voces y juramentos. Esto debía de imponer, las cosas como son. La cólera de doña Eufrasia debía de intimidar al más valiente. Mandaron buscar a un caballero veinticuatro de Jaén, llamado don Antonio de Monroy para que metiera en vereda a don Diego. Si requirieron su presencia es porque por fuerza tenía que ser hombre o persuasivo o terrible. Me inclino por lo segundo pues no eran muy dados a psicologías los hidalgos del XVII y creo que acudió a resolver el negocio con humor de perros pues la mañana era muy mala y destemplada, cerrada en aguas. Llegó y mandó al novio, o al esposo que ya no sé muy bien como llamar a don Diego, que se metiese en la cama. La orden fue obedecida pero, eso sí, don Diego se metió vestido, de arriba a abajo y con su propósito ya muy claro. En un descuido, dice el documento, pidió "su ferreruelo, sombrero y espada y lloviendo como estaba se salió huyendo de ella". Nada más puedo contar pues nada más sé. Se admiten hipótesis al respecto.

Esta disparatada historia consta en el legajo 449-A, 1690-1682, expedientes matrimoniales ordinarios del Archivo Histórico Diocesano de Jaén.

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