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EL MIEDO AL LOBO

Es uno de los miedos más atávicos. Viene de muy lejos y ha formado parte de la vida de pastores, arrieros, cazadores de oficio y caminantes hasta hace pocas décadas. Manuel Amezcua, etnólogo de tierras giennenses, ha recogido algunas creencias al respecto:
1. "El pastor puede ser consciente de la presencia cercana del lobo sin necesidad de descubrirlo o percibir su humo. Si así ocurre, un pelo frío recorrerá su cuerpo y hará que le baile la gorra encima de la cabeza, ya sabe que el lobo anda cerca".
2. Si el pastor está en la tienda o en la majada y se ve acosado por lobos hará lumbre abundante y trazará un círculo de fuego lanzando, a discreción, tizones de fuego.
3. Si el pastor tiene la mala fortuna de verse sorprendido por un  lobo, fuera de cualquier amparo, desanudará su faja y la arrastrará por el suelo mientras camina de manera que el animal seguirá el extremo de la prenda, un tanto sumiso y anonadado, debiendo mantenerse este recurso hasta encontrar lugar a propósito para guarecerse.
4. Si el pastor tiene la mala  fortuna de no tener faja tendrá que recurrir al mechero de pedernal y producir, constantemente y con determinación, chispas ante la cara del lobo que quedará entretenido o sorprendido por esta maniobra. Mientras la potencial víctima tendrá que discurrir algún recurso para salir del apuro.

El recurso de la faja es asimismo citado por González Ripoll, autor del imprescindible libro Los hornilleros. Da cuenta de un aserrador de los Campos de Hernan Perea, en la Sierra de Cazorla, que salvó así la vida aunque pasó tanto miedo que enfermó de un sudor frío persistente y perdió el habla. Fue curado por una saludadora conocida como la tía Telesfora. El aserrador, llamado Julián Leiva fue conocido desde ese momento como "el de los lobos".

Véase: Amezcua, M., "El lobo en la cultura popular giennense", en Revista de Folklore, núm. 104, 1989, págs. 39-45.

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