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REFUGIADO EN SAGRADO

Diego de Moya, tabernero de Jaén en el reinado de Carlos III, recibió un día la visita de unos dependientes del Cabildo municipal y le pidieron las medidas que utilizaba para despachar el vino. Al parecer los vasos estaban trucados y fueron destruidos por las autoridades concejiles. Le impusieron una multa de dos reales que, en honor a la verdad, no era gran cosa. Sin embargo Diego de Moya se enfrentó a los curiales, posiblemente jaleado por su clientela, no tenida por muy comedida,  y les dijo "apasionado[...] alguna cosas proposiciones no conducentes y perjudiciales a la Real Jurisdicción y los que la administran". En particular las palabras más gruesas fueron dedicadas al diputado del Común y el alguacil mayor que no debían de ser hombres de buen humor.  Pues bien, por este motivo fueron a prender al tabernero que, viéndolas venir, se escapó a gran velocidad, por unas calles de gran trasiego, y consiguió entrar en la iglesia de San Andrés. Allí estuvo unos días, contemplando la historiada reja de la Santa Capilla, hasta que, quizás no muy bien aconsejado, consiguió salir del templo. No eran tiempos buenos para los refugiados en sagrado. Como consecuencia de la política regalista, los Borbones trataron de reducir las inmunidades eclesiásticas. En septiembre de 1772 Carlos III había obtenido una bula que restringía el número de iglesias a las que podían acogerse los perseguidos. Finalmente el tabernero consiguió salir de su refugio y llegar hasta Granada. Y allí se quedó hasta que se serenaron los ánimos. Al final buscó testigos para que declarasen a su favor y se entregó a la Justicia de Jaén.  El asunto debió de quedar en nada. Pero los apuros fueron grandes.
                    La mujer de Diego de Moya, por los pesares sufridos, malogró su embarazo y perdió "una criatura con toda perfección", como consta en la correspondiente escritura notarial. Esto fue, en verdad, bien triste. 

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