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PUEDE MUCHO EL DINERO

El uso del dinero tuvo una expansión espectacular en la España de los siglos XVI y XVII. Las remesas de metales preciosos y, después, las reiteradas acuñaciones de vellón aumentaron a gran escala la moneda circulante. Incluso en las aldeas más perdidas se pagaba  y se compraba con dinero. Los arrendamientos ya no se percibían sólo en fanegas de cereal y pares de gallinas. Los pagos en especie retrocedían ante los efectuados en moneda de mejor o peor ley. Las dotes se cuantificaban en miles de ducados y se fundaban mayorazgos, patronatos y capellanías con bienes inmuebles valorados en dinero, hasta el último maravedí, ante el correspondiente escribano.  


Tanto dinero en danza provocó el aumento de los precios y de los salarios. La inflación comenzó a formar parte de la vida de la gente de aquel tiempo. Los españoles se endeudaron. Los particulares pedían préstamos a otros e imponían cargas o censos sobre sus bienes. Daba igual si eran nobles o llanos.  Se endeudaban también los concejos y la Real Hacienda hizo lo mismo al solicitar, reinado tras reinado, créditos a los banqueros alemanes, genoveses y portugueses para sostener su política exterior. También recaudaba dinero de sus leales vasallos  que compraban deuda pública o juros situados sobre determinadas rentas reales. Los juros facilitaron durante años una renta fija y segura pero llegó el momento en que la Corona no pudo dar lo que no tenía. Todo esto aparte de los impuestos que crecían por días y  de los donativos, que nada tenían de voluntario, exigidos a la Grandeza, títulos de Castilla y cabildos municipales.

La expansión del uso del dinero provocó problemas de conciencia. Los confesores debían instruirse sobre si era lícito o no el interés en los préstamos. Los más esclarecidos entendimientos de la Escuela de Salamanca cavilaban, sensatos y sentenciosos, rezumando sentido común,  sobre la naturaleza del dinero, el valor y los precios. Sin duda fueron unos años decisivos para el análisis económico. También arraigó la convicción de que con dinero todo se podía conseguir. El dinero enmendaba los padrones que distinguían a nobles y pecheros, rectificaba ascendencias, dotaba matrimonios desiguales,  facilitaba la compra de oficios públicos, perdonaba delitos, eximía de obligaciones militares y reducía los días de purgatorio. Se desarrolla, entonces, un discurso crítico y moral acerca del dinero. Tenía un fondo aristocrático e incluso reaccionario. El dinero, tal y como se utilizaba, era lo nuevo, lo cambiante frente a lo inamovible de la tierra y el rango heredado. Se mezclaba la evidencia con un pesimismo casi nihilista. Uno de sus más destacados exponentes fue don Francisco de Quevedo. También Lope de Vega en La Dama boba, hace decir a un noble: "¡Qué ignorante majadero / ¿No ves que el sol del dinero / va del ingenio adelante? / El que es pobre, ése es tenido por simple; el rico por sabio. / No hay en el nacer agravio, / por notable que haya sido, / que el dinero no lo encubra, / ni falta en la naturaleza / que con la mucha pobreza / no se aumente y descubra". 

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