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LA CAPA DE LOS ESPAÑOLES

Dejó escrito Ángel Ganivet a finales del XIX: "no hay prenda más individualista ni más difícil de llevar que la capa" y sobre todo "cuando es de paño recio y larga hasta los pies". Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas afirma: "Sabido es que, así como en nuestros días ningún hombre que en algo se estima sale a la calle en mangas de camisa, así en los tiempos antiguos nadie que aspirase a ser tenido por decente osaba presentarse en la vía pública sin la respectiva capa. Hiciese frío o calor, el español antiguo y la capa andaban en consorcio, tanto en el paseo y en el banquete cuanto en la fiesta de la iglesia". Llega a considerar dicho autor que el decreto de 1822, por el que se prohibía a los españoles el uso de la capa, tuvo el mismo valor que una victoria en el campo de batalla pues "abolida la capa desaparecía España".
Antes, los ilustrados trataron de recortarla y prohibir la libre circulación de los embozados. Recuérdese la impopular disposición del 10 de marzo de 1766 sobre el vestido masculino, relacionada con el motín de Esquilache. Decían que lo tradicional era la capa corta. No pensaba lo mismo el pueblo de Madrid. 
El Diario de Madrid, de cuatro de febrero de 1788 da cuenta de lo siguiente: "una capa de paño aplomado con dos embozos de terciopelo del mismo color, se cambió equivocadamente en la concurrencia de casa del Señor Marqués de Pontejos, en la noche del 30 por otra blanca, que para en la calle de las Huertas, número 9, quarto principal, y donde podra acudir a deshacer la equivocacion el sujeto que se halle con la otra". Al día siguiente, en el mismo diario, la otra parte en cuestión mandó escribir: "En la noche del treinta de enero se tomó por equivocación en la antesala de la Marquesa de Pontejos una capa de grana con dos embozos de terciopelo negro. La persona que haya padecido este engaño acudirá a entregarla a la calle del Estudio, al lado de la Vicaría vieja, número 2, quarto principal".  Con la noche más cerrada que un cerrojo, el frío y la concurrencia rematando la tertulia, como bien se indica, no era improbable el suceso. Seguro que los propietarios de las capas se conocían y no parece, por el tono de los avisos, que se tuviesen recíproca estimación. Es llamativo que ninguno de los dos anunciantes se ofrezca a acudir primero, por sus medios, a intercambiar la prenda. La culpa siempre, ya se sabe, es del otro. Tampoco debía de ser muy grato verse llamado "sujeto", así a secas, en un periódico de la Corte.
Y para acabar, recordemos a los liberales españoles desterrados en Londres, en tiempos de Fernando VII. Imponentes en su desgracia paseaban orgullosamente por Euston "envueltos en sus capas raídas".

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