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SANCHO DÁVILA

Hubo un obispo de Jaén que se llamó así. Y un capitán de los tiempos de Carlos V y Felipe II. Y otros personajes más. Pero nos referimos a otro, de vida más oscura pero no menos valerosa, granadino y paje de santo Toribio Alfonso de Mogrovejo. Entró a su servicio cuando éste era inquisidor en Granada. Al pasar a Indias,cuando el Santo iba a ocupar el arzobispado de Lima por muerte de don Jerónimo de Loaysa, Sancho Dávila formaba parte de su séquito junto a veintiún más. Llegaron allí en 1581. Fue santo Toribio un decidido defensor de los principios de Trento y visitó con dedicación y riesgo de su persona la inmensa diócesis que estaba bajo su jurisdicción. Las leguas se contaban por centenas en aquellas salidas y había más peligros que lejanías. Una vez, en una de esas jornadas, camino de Moyobamba, estuvo santo Toribio a punto de entregar la vida y el alma. Hubo una tormenta terrible, resbalaban las caballerías en los barrizales. Entre juramentos y plegarias, hubo uno, llamado Diego de Rojas, que dio voz de alarma pues quedaba santo Toribio como muerto en un cenagal. Lo llevaron, con grandes trabajos, a sitio seguro aunque ya sin esperanza. Llegó a tiempo Sancho Dávila, a pesar de estar quebrantado y aterido por la violencia del temporal. Con yesca y lana que sacó de una almohada hizo lumbre. Cosa de pastores parece el remedio, recuerdo quizás de esa España en la que la gente era tan aficionada a lanzarse por caminos y veredas a conducir rebaños, buscar aventuras o a reformar el Carmelo. En fin, poco a poco y con el calorcillo de la candela salió su señor de tan apurado trance. No fue la única vez en la que le salvó la vida. Al día siguiente estaba bien, ofició misa y predicó pues era domingo. El testimonio de Sancho Dávila fue de gran peso para la beatificación de santo Toribio pues conocía bien sus virtudes heroicas. También debió de saber de las querellas del Santo con el marqués de Cañete, don García Hurtado de Mendoza, virrey del Perú, al que llegó a excomulgar. Éste había mandado picar las armas arzobispales del Seminario de Lima, atrevimiento que no podía quedar sin respuesta.  


Tomo estos datos de la obra de Enriqueta Vila, Santos de América, Bilbao 1968.

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