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LAS PIEDRAS DEL PEREGRINO GUILLERMO MANIER

Fue Guillermo Manier sastre en Carlepont, en la Picardía, del Reino de Francia. Salió de su nación, camino hacia Santiago de Galicia, en 1726 sin pasaporte ni dinero. La falta de caudal no le impidió comprar varias piedras a las que se atribuían, en su tiempo, propiedades curativas y protectoras. Consiguió una piedra del águila, que tenía forma de nuez rojiza y agrisada. Era muy útil para las mujeres encinta, para evitar abortos y prevenir envenenamientos. También contra los males de cabeza, peste y toda suerte de fiebres. San Isidoro, Plinio, Dioscórides y Alberto Magno confirmaban sus prodigiosos efectos y poco se podía discutir a la lumbre de tales entendimientos. En el Hospital de Oviedo Manier recibió de un peregrino vizcaíno una ágata, también contra los males de cabeza. En otra ocasión compró seis o siete docenas de piedras, por seis o siete cuartos, y de paso tomó nota de una hoja, que decía estar editada en Roma, sobre "Les vertus et propietés des pierres de croix et celles  d´hirondelles". Estas piedras, disueltas en vino y consumidas durante nueve días por la mañana y en ayunas, se empleaban contra los malos espíritus. Servían contra los mareos y para tener buenas navegaciones si se recitaba también el Ave María. Eran además un buen diurético. Se afirmaba que las piedras de golondrina estaban en la cabeza de estos pájaros. Las había blancas y rojas. Las primeras, metidas en la boca del usuario, evitaban la sed y, colgadas del cuello, se decía igualmente, facilitaban los partos e impedían las hemorragias. Un vaso de agua que hubiese tenido en remojo una de estas piedras, durante una noche, se convertía en un eficientísimo laxante. Era también recurso contra las enfermedades de los ojos, la gota, fiebres de todo tipo y peste. Estos datos los he leído en la obra de Vázquez de Parga, Lacarra y Uría, Las peregrinaciones a Santiago de Compostela (1948).
También Álvaro Cunqueiro se ocupó del sastre Manier. Pasó éste por Mondoñedo y le causaron admiración sus grandes laureles, los naranjos y una cebolla de Indias, de tamaño descomunal, que le mostraron. Decía Cunqueiro: "yo no sé muy bien qué cosa sea una cebolla de Indias, y me gustaría saberlo". Igual pienso yo.

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No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

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