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EL CARLEAR DE LOS PERROS

Escribe Baltasar Gracían en El comulgatorio: "Apetece carleando como el sediento caminante, la fuente de aguas vivas". Explica Covarrubias: "Díxose carlanca de cierto sonido que haze el perro en la garganta cuando está cansado y falto de aliento, sacada la lengua y jadeando; y esto se llama carlear". La carlanca es también un collar ancho, de cuero recio o de hierro, con pinchos por fuera, que se ponía a los perros para protegerlos de las mordeduras de lobos. Entre jayanes y jaques carlanca es el cuello de la camisa. Es, en este caso, palabra desgarrada y acanallada. Tener carlancas es lo mismo que ser astuto y difícil de engañar. Pero volvamos al carlear de los perros. Los de las largas centinelas en las majadas, los que corrían liebres y los que estaban en las rastrojeras encendidas de los mediodías del estío. Da igual que fueran galgos o podencos, de hidalgos o de labradores, de posaderos o de priores cazadores. Carleaban a escote los perros de las calles, hediondas en los veranos, maestros en hambres y en esquivar palos y pedradas.
Atento, pues, lector, si tienes perro. Cuando esté derrengado y sin aliento quizás te venga a la memoria este verbo antiguo, carlear, que parece sacado de romance de frontera. Y lo verás como sombra de otro tiempo.

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No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

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