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HABLAR DE POLÍTICA EN EL SIGLO XVII


En unas cartas de jesuitas se da cuenta de un labrador que se plantó ante Felipe IV, en el desastroso año de 1640, y le dijo: "Señor, esta monarquía se va acabando y quien no lo remedia arderá en los infiernos". Felipe Ruiz Martín cita un caso, unos años antes, a inicios de dicho reinado, en el que dos operarios de un telar de Salamanca tuvieron una conversación sobre los asuntos de la república y acabaron a palos. Céspedes y Meneses, contemporáneo de estos hechos, describe en una obra a ciertos "caballeros mozos y paseantes de barrio" que en portales y escaños de parroquia hablaban sobre la expansión de los turcos, los asuntos de Hungría y los problemas de los estados italianos. Quizás era uno de esos corrillos que tanto disgustaban al padre Quintadueñas, en los que corría la conversación y el tabaco. También se hablaba de política desde los púlpitos y no sin desgarro. Bien fastidiaban a corregidores y alcaldes mayores estas libertades tomadas, a las bravas, por frailes que decían verdades como puños. Tenían, sin embargo, que aguantar pues no era fácil callar al clero de aquel tiempo. En los memoriales enviados al Rey y a los Reales Consejos se pergeñaban soluciones a los males de España, se restauraba la reputación de la Monarquía y se buscaban arbitrios para sanear las cuentas. A veces la opinión de los leales vasallos se reflejaba en libelos y pasquines colocados en puertas, con notorio anonimato, en letrillas satíricas, en las conversaciones a la luz del velón, junto al brasero de diciembre y en las largas jornadas de viaje. Cada cual tenía sus fuentes: el primo soldado, el sobrino canónigo, el escribano que estuvo de comisión en la Corte o el pariente oidor. Y, alguna vez,  la carta o la gacetilla. La sociedad que conocieron Cervantes y Velázquez estaba muy politizada. Es algo real, nada exagerado, que frecuentemente escapa al conocedor de nuestro pasado. Era normal entre los naturales de una gran potencia, estragada, gastada, quebrantada en su hacienda, con su tierra despoblada, harta de pagar, y más pagar, millones, alcabalas, sisas, arbitrios, más harta todavía de cobrar con moneda envilecida, resellada, recortada pero, y aquí está el enigma de España, capaz todavía de empuñar la pica y tomar el camino de Rocroi.

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No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

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