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SOBRE MEDALLAS Y DEVOCIONES DE SOLDADOS


Escribe Geoffrey Parker en su obra El ejército de Flandes y el Camino Español (1567-1659): "Los enemigos se sorprendían siempre ante las muchas efigies religiosas, crucifijos, Agnus Dei y otras reproduciones parecidas que llevaban los españoles muertos en combate". ¿Cómo eran estos crucifijos y medallas que movían la devoción del pica seca que sostenía al Imperio?. En Belfast se conservan, junto a otros restos, algunas medallas de los tripulantes y soldados de un galeón español, náufrago en las costas de Antrim, cuando lo de la Felicísima Armada. A pesar de su modestia imponen una honda emoción. Debían de ser como las que aparecen en una relación de 1627, que he podido consultar, y en la que se recogen diversos artículos de mercería, todos para uso de la gente corriente. Se mencionan medallas de latón, "de todas y mejores", entre 4 y 8 maravedíes, cruces de Caravaca, también de latón, a un real las grandes y a 24 maravedíes las pequeñas, además de varios tipos de rosarios: de "palo negro gordo", de "tabor", de huesos teñidos, de madera de granadillo y de frutilla que era, según leo en un diccionario viejo, "una especie de coquillos con los que se hacen rosarios". Y ya fuera de la devoción religiosa, los mercaderes de mercería vendían cada higa de azabache, para evitar aojamientos, "mediana, entre grande y bastardilla" a 24 maravedíes.

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LA COCINA DE SANTA TERESA

No había mucho para aparejar una mesa a finales del siglo XVI. Los alimentos eran poco variados, escasos y caros. Los malos caminos, las alcabalas, las sisas y el intervencionismo municipal sobre tratos y contratos no facilitaban ni los abastos ni los precios bajos. Muchos españoles del tiempo de los Austrias se iban a dormir con las tripas desasosegadas. En los escritos de santa Teresa de Ávila hay algunas noticias sobre víveres y cocina. Nadie ha demostrado que la mística y la santidad sean incompatibles con los pucheros.

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