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AGUA DE SAN GREGORIO Y PLAGAS DE LANGOSTA

La langosta asoló los campos españoles en numerosas ocasiones. La insuficiencia de los medios humanos para combatir esta plaga obligaba a pedir la intercesión de los santos. Se recurría en estos aprietos al agua de san Gregorio Ostiense. Creo que esto se debe explicar.

En la villa de Sorlada, del Reino de Navarra, en pleno valle de Berrueza, se encuentra un santuario donde se custodia la cabeza de san Gregorio Ostiense. El agua, una vez que entraba en contacto con esta reliquia, mediante un sencillo procedimiento, se convertía en eficaz remedio contra la langosta y otras sabandijas como la oruga y el pulgón. También libraba de males al cuerpo y al alma. Tuvo el agua de san Gregorio un enorme prestigio en la España del Antiguo Régimen y, cuando las plagas apretaban, los concejos mandaban a buscar el remedio a Sorlada y allí acudían sus enviados, pasando mil trabajos y penalidades. Después volvían con unas garrafas de agua del Santo, imagino que selladas, y con los correspondientes certificados para evitar fraudes y embrollos de pícaros.

Tengo noticia de una ocasión en que la cabeza de San Gregorio recorrió España. No hay aquí prodigio ni milagro sino el efecto de una orden, dada en 14 de octubre de 1756 y emanada de la piedad de la Real Persona de Don Fernando VI. Ante una plaga generalizada de langosta, mandó el Rey que, desde el Santuario de Sorlada, cuatro cofrades de san Gregorio y un sirviente, condujesen la cabeza por distintas ciudades y pueblos, para que se pasase por la reliquia el agua que fuese menester. Un cofrade sería seglar y los tres restantes, para darle formalidad a la empresa, clérigos. El carruaje para el viaje lo pagaría la bolsa del Rey. Los gastos de alojamiento, manutención y limosnas, que debían ser moderados, quedarían a cargo de los pueblos donde parase la reliquia para alivio de los labradores. El Rey aseguraba que se compensarían estos gastos en las cuentas de propios y arbitrios. Este compromiso de reponer gastos quedaba un tanto en el aire, como era normal en estos casos. El periplo comenzaría por Teruel, para seguir por las diócesis de Valencia, Segorbe, Orihuela, Murcia, Guadix, Granada, Jaén, Málaga, Córdoba, Sevilla, provincia de Extremadura y La Mancha, para volver a Navarra por Valencia otra vez y por el camino más recto. Consideremos lo que era viajar en la España del XVIII para darnos cuenta de la naturaleza del encargo. Leguas y leguas, malas noches, jornadas largas, vadear ríos de fondos oscuros como boca de lobo y la entrada de la reliquia en los pueblos, bajo la luz de hachas y faroles. Es un suceso, además, que nos aleja de los tópicos al uso sobre el siglo de las luces. Los españoles actuaban y pensaban en estas circunstancias como sus lejanos abuelos medievales. Pero sigamos. Cuando los concejos contaban con el agua de san Gregorio se la daban a un clérigo para que desde un lugar a propósito, preferentemente un alto o una loma, bendijese los campos. Y después a esperar. Lo suyo era que la langosta desapareciese o, al menos, se mudase al pueblo de al lado y que allí se las arreglasen. Por supuesto, se guardaba una parte del agua por si volvía la plaga, lo que ocurría tarde o temprano. Como consecuencia de esta creencia se formulaban votos solemnes, con el compromiso de celebrar anualmente una fiesta por san Gregorio Ostiense, y a veces se erigían ermitas bajo su advocación, muchas de éstas todavía en pie.

Para saber más sobre plagas de langosta: Juan Antonio López Cordero y Ángel Aponte Marín, Un terror sobre Jaén: las plagas de langosta (siglos XVI-XX), Jaén 1993.

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