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LAS DIFERENCIAS DE DOS HORTELANOS O LAS COSAS DEL CAMPO


En 1780 dos hortelanos tuvieron cuestión y pendencia en las huertas del ruedo de Jaén. Se llamaba uno Juan Pulido y el otro José Barrales. Surgieron diferencias por el turno de riego, causa de muchas pesadumbres y rencores. Perdió Barrales la calma, se descompuso y llamó a Pulido "ruin hombre y revoltoso". Los de antes hablaban bien hasta en estas situaciones tan lamentables. No contesto con esto, Barrales pasó a la acción "dándole un atestón con el palo de la azada" con lo que "le venció en el suelo". El del suelo era Pulido, para que quede claro.

Bueno es este suceso para reflexionar sobre la naturaleza de la vida campesina de siglos pasados. Lejos estaban de este episodio Horacio y Virgilio, las palabras de Jovellanos y los Amigos del País, que tan bien escribían y tan buenas intenciones tenían. Es la otra cara del campo que siempre ha sido algo distinto a lo que han creído agraristas amateurs, pastorcillos de Versalles, fisiócratas de medio pelo y roussonianos de distinta naturaleza. Es decir, los que nunca han vivido ni trabajado en el campo. El estudioso de la Historia debe desconfiar de tópicos e idealizaciones. La Edad de Oro no ha existido nunca.

Algunas realidades del campo antiguo: bueyes que invaden sembrados, pleitos que acaban a arcabuzazos, talas ilegales, usurpaciones de tierras, miedo en el despoblado, cubil de lobos, yermo de los pecadores, salteadores de melonares, míseros jornales, astucia de arrendatarios, pedrisco, secas, noches al raso, heladas, pulgón y langosta, gorriones envalentonados. Y también estos dos hortelanos nada dispuestos a cederse el turno de riego, con el mango de la azada tras la espalda y levantado cada vez más la voz. La gente no vivía felicísima cuando la agricultura era la única fuente de riqueza.

Naturalmente no era sólo esto. También estaban los labradores honrados, los de las recias virtudes, los pilares de la Monarquía, en opinión de los agraristas con sustancia. Los que decían que del Rey abajo ninguno. Era verdad lo uno y lo otro.

Acabamos. Al parecer y afortunadamente lo de Barrales y Pulido no fue a más. El agua era ya, y es, un bien escaso. La paciencia también.

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