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TAUROMAQUIA Y ASCÉTICA

Recuerdo hoy lo escrito por el conde de las Navas. Describía los quebraderos de cabeza padecidos por Felipe II. No los causaban, en este caso, las revueltas en Flandes o el recuerdo de las pesadumbres causadas por Don Carlos. Tampoco la falta de paga para los tercios. Le daba vueltas el Rey, ensimismado y a un lado los papeles, a la manera de explicar a Pío V las dificultades que se presentaban para prohibir los festejos taurinos.

Se justificaba Su Majestad:
"Que la bula no surtía sus efectos, por ser las corridas de toros una costumbre tan antigua que parecía estar en la sangre de los españoles, que no podían privarse de ella sin gran violencia".

Estas palabras del Rey me hacen recordar a san Juan de Ávila. No era, precisamente, partidario de tales festejos pues pensaba que correr toros podía ser hasta pecado mortal. Esta afirmación no le impedía recurrir a ciertos ejemplos inspirados en la tauromaquia para fundamentar sus escritos. Ahí estaba lo atávico, bien apalancado en los entresijos del Santo. Describía el alma cristiana como "herrada con la señal de Jesu Cristo" frente a las asechanzas del "lobo infernal". Excelente argumento, por comprensible, en un reino con tantos pastores. Además, avisaba a quien quisiera oirle, que era "costumbre del Señor, poner á los suyos en los cuernos del toro y esconderse Él" y que no había que desesperar en los aprietos.

También pedía el Beato fortaleza y bravura en la vida pues "agarrochados salen los buenos toros del cosso, que los floxos sanos se van. E assí el buen cristiano que de todas partes ha de tener garrochas". Así habla aquél que ha visto toros en la plaza y en el campo. Y muchos debió de ver Juan de Ávila pues fue hombre andariego.

Buen abecedario espiritual para todas las criaturas puestas ahí, en el mundo,"como una flaca ceniza delante de un viento".



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