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POR ORDEN DE DOÑA MARIANA

El doctor Juan Alonso y de los Ruyzes de Fontecha era catedrático de la Universidad de Alcalá. Escribió un libro titulado Diez privilegios para mujeres preñadas, editado en 1606. Si ellas, decía el autor, ponían en riesgo la vida al traer hijos al mundo, justo era que recibiesen particulares honores. En gran medida era idea compartida por muchos españoles de aquel tiempo. Guevara en el Relox de Príncipes afirmaba que el varón "desde el tiempo en que sintiese estar su mujer preñada, ni hora ni momento se había apartar de ella, porque en ley de buen marido cabe, que emplee los ojos en mirarla, las manos en servirla, la hacienda en regalarla, y el corazón en contentarla".

Ejemplo visible de estas obligaciones era el satisfacer los antojos propios de tales circunstancias. Felipe IV no fue una excepción ya que, como narra Jerónimo de Barrionuevo en un aviso de 8 de noviembre de 1657, "estando a la mesa la Reina, se le antojaron buñuelos. Fueron volando a Puerta Cerrada y le trujeron ocho libras en una olla, porque viniesen calientes, y volcándolos en su presencia en una fuente y mucha miel encima, se dio un famoso hartazgo, diciendo no había comido cosa mejor que ellos, por ser picarescos. Es cierto".

No me consta si fueron palaciegos o gente de escalera abajo los enviados a ir con el pote por las calles de Madrid. Tampoco si los buñuelos fueron de viento o de jeringa. Sí es muy donosa la consideración de "picarescos" para una fruta de sartén tan popular. Esta real apreciación debió de saber a gloria al pueblo llano de Madrid. Ese día los buñoleros de la Corte se sintieron un poco gentilhombres.

A todo lo referido cabe añadir que, en las jornadas previas al nacimiento de Don Felipe Próspero, llegó a Palacio una comadre desde Granada para asistir a la Reina en el alumbramiento. Dormía cerca de su cámara por si acaso. Debía de ser una dueña con mando en plaza. Don Juan José de Austria con largueza principesca envió una cama bordada y aderezada con oro, piedras y aljófar, con doce ricas almohadas y dos sillas. Era de bronce dorado y no de madera y costó su hechura 2.000 ducados que no eran una bagatela.

Tras el parto fue obligado el reposo para Doña Mariana y evitar peligros y achaques. Su primera salida a misa fue celebrada con júbilo. Así el 28 de enero de jugaron toros en la Plaza Mayor de Madrid. Participaron ocho cuadrillas de lo más lucido. Fueron encabezadas por el corregidor de Madrid, el duque de Béjar, el marqués de Priego, el conde de Chinchón, el príncipe de Astillano, el almirante de Castilla, el conde de Monterrey y el condestable de Castilla. Bien estaba que Doña Mariana tuviese jornadas entretenidas pues años vendrían de desvelos y desengaños.

Estas líneas se escriben en homenaje a Doña Mariana de Austria a raíz de la acertada iniciativa del blog Reinado de Carlos II. Y que pasen todos ustedes unas Felices Pascuas de la Navidad de Nuestro Señor.

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