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OTRA VEZ DON LUYS DE VALDERRAMA

De manera involuntaria eliminé la entrada dedicada a don Luys de Valderrama. No me he resignado a perder las pobres líneas que escribí dedicadas a clérigo tan discreto como dado a las buenas acciones. Es posible que lo suyo fuese publicar hoy, y no a inicios de diciembre, esta evocación pues don Luys murió en las vísperas de la fiesta de la Inmaculada.

Y si algo lamento más es haber perdido los comentarios que, con tanta generosidad, hicieron lectores de tanto lustre como La Dama Masquée, Carmen Béjar, Aurora Pimentel, José Eduardo de Vicente y Carolus II. Desde aquí mi agradecimiento y mis excusas por mi poca maña para estas faenas. Y ahí va lo del otro día:

Don Luys de Valderrama fue hombre de iglesia del tiempo del Quijote. Vivió en tierras de Córdoba. En 1616 fray Juan Redondo, visitador y definidor de la Orden de la Santísima Trinidad y Redención de Cautivos, pronunció en su honor una oración fúnebre muy lucida. En ésta se compendiaban todas las virtudes del Licenciado que corresponden a lo que debía ser un buen cura del tiempo de la Contrarreforma.

Era don Luys "entre los devotos el más fervoroso, entre los recogidos el más retirado, entre los solos el más encerrado, entre los buenos el mejor, en el vestir humilde, en el comer austero, en el hablar medido, en la penitencia demasiado: los ojos modestos, el rostro grave, su boca nunca se abría si no era para hablar de Dios y de su madre santísima". No era don Luys como "esa gente que siendo dedicada a Dios hurta el cuerpo a la reformación, hablando, comiendo, bebiendo y vistiendo aseglaradamente y profanamente". Cabe pensar que tampoco iría de caza, con o sin reclamo, no parece que fuese dado a pasear con armas ocultas, a ver correr toros o lucir bigote y perilla bien cuidados, costumbres nada infrecuentes en otros clérigos, no tan ejemplares, y que eran censuradas con dureza por los más rigoristas.

Para no caer en tentaciones ni dar en murmuraciones y hablillas no solía hablar con mujer alguna, tampoco con religiosas "sino estaua muy mortificada". Cuentan en su haber buenas acciones realizadas con disimulo, para que no fuesen conocidas. Acudía al Hospital de la Caridad de La Rambla y llevaba alimentos ocultos en el manteo "porque fuesse más secreto", para los pobretes allí acogidos y "se encerraba en el Hospital con ellos a espulgarlos, sin tener asco de sus inmundicias; y otras mil cosas que callo". Recuerda fray Juan como "alguna vez estuvo toda la noche ayudando a bien morir a un pobre".

Entre todas estas mortificaciones había un desahogo, un alivio, aunque naturalmente piadoso pues cuando celebraba las octavas del Santísimo, abría con liberalidad su bolsa para encargar sermones a los más célebres predicadores y concertar "músicas, coloquios y danças".

Murió don Luys de Valderrama en vísperas del día de la Inmaculada en la confianza de que Dios "este cuerpo de tierra, de materia vil y baxa, y suxeto a tantas miserias, lo reformará hermoseándolo con los dotes de gloria". Es verdad, no parecer ser como san Ignacio o san Juan de Dios. Quizás estuvo a muchas leguas de la santidad y del heroísmo. Pudo el trinitario ser demasiado generoso en su semblanza pero esto no debe importarnos. Tampoco era cuestión de poner en evidencia sus flaquezas pues, como mortal que era, las tendría .

Lo que fuese en el mundo queda sepultado bajo la losa del tiempo y sólo Dios lo sabe.


Los datos biográficos del Licenciado proceden de la obra Sermon funebre predicado en las honras de el Benerable padre, el licenciado Luys Balderrama Presbitero. Por el Padre Maestro Fray Ioan Redondo, Diffinidor y Visitador de la Orden de la Santísima Trinidad, y Redempcion de Captiuos de la Provinzia de Andaluzia. Impreso en Córdoba por la viuda de Andrés Barrera, 1616.





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