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EL ZAGUANETE DE FELIPE IV

Unos trescientos guardias custodiaban al Rey Felipe IV. No eran muchos para monarca tan poderoso. Estaban divididos en varias milicias: la Guardia Vieja, también llamada “de la lancilla” o “de la cuchilla”; una guardia española fundada en 1504; la guardia de archeros, conocida como valona o borgoñona, que vino de Flandes con Felipe el Hermoso y, finalmente, la alemana, instituida por Carlos V. Los componentes de ésta se distinguían por su elevada estatura y su carácter imperturbable. Vestían uniformes, rasgo notable en los soldados de los siglos XVI y XVII que solían ataviarse como Dios les daba a entender. De todo esto da cumplida cuenta Rodríguez Villa en su Etiqueta de la Casa de Austria. Predominaban el rojo y amarillo de la librea de la Casa de Austria dispuestos en jaquel. Eran los “soldados ajedreces” de los que hablaba Quevedo. También se conocía la Guardia española como la guardia amarilla. Aparecen, muy marciales y pisando fuerte, en algunas pinturas anónimas de la Plaza Mayor de Madrid.

Por supuesto contaban con franquicias y privilegios derivados del alto honor de velar por la persona real. Sus pagas, gajes, ayudas de costa, armas y atavíos costaban a la Real Hacienda, en la primera mitad del siglo XVII, según don Antonio Domínguez Ortiz, entre 50.000 y 60.000 ducados por año. Una suma considerable. Otra cuestión es que las libranzas se hicieran a su tiempo pues lo normal es que se cobrase mal y a destiempo dados los alcances de la bolsa del Rey.

Felipe IV era dado a ver festejos taurinos. Tras el siempre trabajoso despeje los guardias reales formaban un zaguanete bajo el palco o balcón que ocupaba el Rey Planeta. La gente, mientras tanto, alborozada por la inminente salida del toro. Después el riesgo, la ventura o la desventura de los lidiadores y, por supuesto la bravura de la res, pondrían el resto. Debían llevar los alabarderos las armas bien aparejadas pues los toros, a veces, hacían por ellos. Si bien los bichos, cerriles e imprevisibles, solían huir ante las alabardas, podían voltear como un triste dominguillo al más curtido veterano, lo que era, según los casos, cosa triste o jocosa de ver por los vecinos, colocados de varia suerte en balcones, ventanas, ventanucos, andamios, terrados y tejados cedidos o alquilados para tal fin. Si el trance no era de gravedad peor era el espectáculo y el descomedimiento que la pesadumbre de la propia costalada. Un caso memorable se dio en Dos Barrios, en tierra de Castilla y ante Felipe IV en 1624. Narra Deleito y Piñuela como se lidiaron tres toros, de los que dos desbarataron la formación de los guardias con sus picas y alabardas. Con el tercero no pudieron los caballeros en plaza. Expeditivamente, sin descomponerse en su mayestático porte, el Monarca lo abatió de un arcabuzazo. Y no hubo más.

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